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Mostrando entradas de junio, 2025

El ascensor con memoria (y mal genio).

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El ascensor del edificio Palermo, un cubo de metal con más de medio siglo encima, no era un ascensor cualquiera. Tenía un alma, o al menos el mal genio de una abuela renga. Sus entrañas de cables y poleas resonaban con quejidos que el viejo portero, don Carmelo, juraba que eran resoplidos de hartazgo. "Se le ha subido la sangre a la cabeza", mascullaba, y nadie osaba corregirlo. El día comenzó como cualquier otro lunes de tormenta, con la humedad pegándose a la piel y el apuro masticado en la boca de los vecinos. La señora Emilia, la del cuarto B, intentó llamar al ascensor. El botón, de un plástico amarillento y sudoroso, se hundió con un clic lastimero. Nada. Volvió a pulsar, con esa furia contenida de quien ha perdido el tren de la paciencia. El ascensor, desde su pozo oscuro, emitió un gruñido metálico que sonó a burla. Emilia suspiró. "Está ofendido. Otra vez." Y bajó por la escalera, murmurando sobre la necesidad de un exorcismo. Don Leandro, el profesor jubil...

El color del silencio.

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El ático, bajo el ojo redondo del tragaluz, olía a madera vieja y a todas las ausencias. El aire quieto tenía el tacto de una telaraña. Allí, agazapado entre cajas rotas y muebles cojos, encontré el baúl de cedro de mi abuela, con las iniciales de latón ya verdosas y un candado oxidado que cedió con un chasquido ahogado. Dentro, entre sábanas de lino amarillentas, dormía un álbum. Era de tapas gruesas, forradas en terciopelo desvaído, y sus hojas, de cartón color tabaco, crujieron al abrirlo como si despertaran un lamento. La luz tenue de la tarde, que se colaba como un ladrón por la ventana sucia, apenas rozaba las fotografías pegadas con esquineras de papel. La primera que me llamó, no, que me arrastró, fue una imagen ovalada, sepia, de un hombre. Sus ojos. Era lo primero. Tan penetrantes que parecían perforar el cristal de la fotografía, el tiempo, la piel misma del presente. Un bigote ralo le sombreaba el labio, y el traje, de solapas anchas, le quedaba un poco grande. Alrededor, u...

La cucharita de plata y el eco del hambre.

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  La cucharita de plata, apenas un hilito de metal en mi palma, pesaba más que un ancla en un mar de plomo. Había sido suya, de mi madre, el único recuerdo tangible que me quedaba después de la venta apresurada, la desbandada de objetos que se llevó el eco de su risa, el olor a lavanda de sus cajones. La sostenía ahora, en la cocina a oscuras, donde el frío se había instalado en las baldosas y trepaba por mis tobillos como una condena. No había luz, no porque la noche fuera profunda, sino porque el medidor se había detenido en un número que ya no era mío. La nevera, un gigante blanco y mudo, abría su boca vacía cada vez que la rozaba al pasar. Un desierto helado donde antes florecían los aromas de sus guisos, el murmullo de las botellas de leche. Ahora, solo el eco metálico de mis propios dedos al golpear el estante desnudo. No había hambre, no la que ruge en el estómago, sino la que carcome el alma, la que se instala en el tuétano de los huesos y no te deja respirar. Esa era la qu...

La gota sobre la baldosa

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El mármol de la barra del Café El Sur tenía más cicatrices que el alma de un compadrito viejo, y cada mancha oscura en la madera de las mesas parecía el mapa de una bebida derramada, de una lágrima seca, de un olvido. Allí, entre el humo rancio que se aferraba a las cortinas como un fantasma y el eco de mil conversaciones muertas que aún vibraban en el aire denso, esperaba. No esperaba a nadie en concreto. Esperaba, simplemente, a que el tango decidiera volver a nacer. O a morir definitivamente. En este antro de sombras y espejos empañados, las dos cosas eran caras de la misma moneda gastada. Entró ella. Clara. No con vestido escarlata, sino con uno negro, tan negro que parecía tragarse la poca luz de las bombillas desnudas, o quizás la poca luz era la que se refugiaba en la vastedad de su sombra. No hizo ruido; no es que no lo hiciera, sino que su llegada absorbió cualquier otro murmullo, cualquier otro roce. Se deslizó como una sombra líquida hasta la pista minúscula, baldosas gastad...

La partida en la azotea del mundo.

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Los viejos jugaban ajedrez cada tarde en la terraza más alta del barrio. Don Rómulo, con su bastón de cerezo apoyado en la silla, y el profesor Salinas, ajustándose los lentes empañados por el calor. El tablero era de madera clara, las piezas desgastadas como huesos de fruta, cada una con la impronta de mil batallas silenciosas. Empezó un martes. El aire era denso, como si una tormenta invisible se gestara. El alfil negro avanzó dos casillas sin que nadie lo tocara, deslizándose con una fluidez inquietante. Don Rómulo palideció, el eco de esa mañana resonando en sus oídos: el panadero de la esquina, el de la sonrisa perpetua y las manos enharinadas, había desaparecido sin dejar rastro. —Moviste mal —dijo Salinas, su voz apenas un murmullo, pero su mano tembló al tomar el peón blanco, como si el mármol de la plaza se hubiera vuelto quebradizo bajo sus dedos. Al día siguiente, el sol era un ojo insidioso. La reina blanca protegió al caballo con un movimiento tan preciso que heló la sangr...

El apagón de Santa Rufina.

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Justo cuando el padre Benigno alzaba el cáliz con manos temblorosas, un crac seco reventó en la oscuridad. La luz murió sin agonía. En la capillita de Santa Rufina, el silencio se volvió tinta espesa. Solo el viento ululaba en los aleros, como un alma en pena. ‎—¡Ay, Señor, que nos coge en pecado! —susurró la señora Brígida, dos bancas adelante. ‎Alguien tosió. Otro carraspeó. El padre Benigno intentó una frase piadosa, pero solo salió un gruñido. Don Cosme, el electricista retirado, ya se levantaba con el ruido de un mueble viejo al quebrarse. Su linterna de campista encendió un túnel amarillento en el humo del incienso. ‎—Fusible, padre. O algún gato eléctrico bailando joropo—dijo, y el haz bailó sobre caras desencajadas. ‎Fue entonces cuando empezó el ruidito . ‎Un clic-clac metálico, insistente, como si una moneda bailara sola sobre el mármol. Venía del fondo. El haz tembloroso de don Cosme lo buscó, tropezó con zapatos, rodillas, carteras abiertas… hasta que lo atrapó: era el po...

El eco que me habita.

Hay días en que la vida se reduce a una fisura.   No es tristeza, no es dolor: es el peso de lo que no está.   Este poema nació en una madrugada sin luna para darle forma al vacío que a veces habita en mi pecho.   Para convertir en geografía lo que solo era un abismo sin nombre.   Porque hay heridas que no sangran, sino que devoran la luz.   No es un grito. Es el eco de algo que se perdió hace tiempo,   y aún resuena en cada paso que doy bajo el sol.  

El desdoblamiento de los iluminados. (Un cuento en la penumbra).

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La ciudad transpiraba ese alquitrán agrio de las tardes que nunca terminan. Yo caminaba —o más bien, mi sombra caminaba— por la Avenida de los Espejos Rotos. No eran espejos, claro, sino escaparates velados por el polvo del Tiempo Detenido. Pero reflejaban, oh sí, pedazos torcidos de la realidad: una pierna aquí, un ojo desorbitado allá, la sonrisa fosforescente de un maniquí sin cabeza.   Frente al Gran Teatro Vacío, la Cola Serpentina. No se sabía para qué. Quizás para respirar, o para recordar cómo se hacía. Yo observaba desde mi costado invisible, ese que se despegó de mí hace lunas, hambriento de silencio. La gente en la fila tenía piel de papel secante, absorbían la humedad del aire con una dignidad aterradora.   Y entonces, ellos . Surgieron de la Bruma Electrónica, envueltos en trajes de luces pixeladas. Los Iluminados. Caminaban sobre una alfombra de aire comprimido, sus risas eran campanitas de vidrio rompiéndose contra el asfalto. Uno llevaba un perro robo...

El abrazo del miedo.

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‎ La jaula es el cuerpo, ‎la llave es pavor. No es la sombra furtiva, ‎ni el eco en la pared. ‎Es la piel que se ciñe, ‎invisible red. ‎ ‎Un tacto sin manos, ‎un aliento sin voz. ‎El temor que nos toma, ‎y no hay dónde ir. ‎ ‎Se adhiere al respiro, ‎se enreda en la fe. ‎Nos besa los párpados, ‎no nos deja ver. ‎ ‎Y así, prisioneros ‎de un cálido horror, ‎la jaula es el cuerpo, ‎la llave es pavor. Aldo Rojas Padilla.

El eco en el cristal.

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¿Qué buscas ahí, en ese pozo sin fondo donde el brillo reemplaza el ser? Miras tu reflejo, pulido, sin arrugas. La luz danza en la pantalla. ¿Qué buscas ahí, en ese pozo sin fondo donde el brillo reemplaza el ser? Los dedos se deslizan sobre la nada, construyendo castillos de aire, muros de likes y sonrisas prestadas. El aroma a nuevo, a plástico reluciente, te envuelve en un abrazo frío. "¡Mírame!", grita el gesto, la pose perfecta. Pero el eco responde desde el abismo: "¿Qué hay dentro, detrás de la fina capa de piel estirada, de sonrisa programada?" La risa, aguda, estridente, se quiebra en mil fragmentos invisibles. Hablas de éxito, de lo que tienes, de lo que compraste. El nombre de la marca, el precio, el aplauso que esperas. ¿Y el hambre? ¿El verdadero hambre que carcome las entrañas, ese vacío que ni todo el oro del mundo podría llenar? El sol se pone, pintando el cielo de rojo, y tú, ciego a su inmensidad, solo ves la luz perfecta para una selfie. La sed de...

La Moneda que Quemaba.

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"Quieren comprar el aire que respiro, niña. Creen que mi dignidad cabe en este círculo de mentira ". El níquel cayó sobre la baldosa con un 'tac' metálico, hiriente. Como un diente arrancado a la decencia. Abajo, entre las sombras del callejón, alguien contuvo la respiración. Esperaba. 'Siempre esperan', pensé. Esperan que uno se agache.   Esta vez no miré siquiera la moneda. Sentí su frío a través de la suela del zapato, un veneno lento trepando por el tobillo. Era la tercera. Tres oportunidades para vender el silencio, tres ofertas para torcer el espinazo y sonreír mientras la traición se colaba por la puerta trasera del alma.   "¿Abuelo?"   Lucía apareció en el marco de la puerta, su sombra larga y frágil sobre las baldosas. Sus ojos, grandes como lunas nuevas, se clavaron en el disco plateado.   "¿Otro regalo de los hombres sin cara?"   Asentí. La voz me quemaba al salir:   "Quieren comprar el aire que respiro, niña. Creen ...

La Sombra en el Espejo.

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En los confines del tiempo, donde el eco de los recuerdos se desvanece y la realidad se entrelaza con las ilusiones, surge la historia de un hombre cuyo tormento se reflejaba en el cristal, una verdad oculta en las profundidades de su ser. Desde el accidente, el espejo del recibidor se había convertido en su particular confesionario. No porque hablara con él, sino porque, cada noche, su reflejo parecía susurrarle verdades que su mente se negaba a procesar. Al principio, era solo un tic imperceptible en la comisura de la boca de esa otra persona que lo miraba, un microgesto que él juraría no haber hecho. Luego, las discrepancias se hicieron más evidentes: su reflejo parpadeaba un instante antes o después, y a veces, una sombra, tan sutil como una mancha en el cristal, se aferraba a su hombro en el espejo, pero nunca en la realidad. La casa se había vuelto un caparazón, un eco de la vida que una vez albergó. Las risas de Ana, su voz melódica, todo se había desvanecido con aquel día fatíd...

El peso de los centavos.

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El vacío en el estómago de Santiago no era silencio. Era un pozo sin fondo que gimoteaba, un animal raro y desdentado que roía sus entrañas con insistencia monótona. La pobreza, esa vieja conocida que antes se sentaba discretamente en un rincón, ahora ocupaba toda la casa, desparramando su olor a polvo, a resignación agria. Había días – días blancos, los llamaba él en su cabeza, aunque nadie lo llamaba así – en que la luz del sol filtrándose por la ventana sucia parecía un insulto. Demasiado brillo para tanta oscuridad interior. Recorrió la cocina por enésima vez. Los dedos, delgados como ramitas secas, acariciaron la alacena vacía. Tocaron el frío del mármol, el metal oxidado de la cacerola olvidada. Solo quedaban migajas de dignidad y el eco de los platos que alguna vez llenó. Afuera, la ciudad bramaba su rutina ajena: el traqueteo de los autobuses, risas lejanas que sonaban como cristal roto. Cada ruido era un recordatorio de lo que no era suyo. Sacó las monedas del bolsillo del pan...

El eco entre las grietas.

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El eco de las ausencias es lo que más duele.   No las paredes descascaradas, ni las ventanas ciegas,   sino ese zumbido sordo en las entrañas del pasillo   donde antes resonaban los "buenos días" con olor a café.   Entro. La humedad se me adhiere a la piel como un reproche.   ¿Quién abandona a quién? La escalera cruje un idioma olvidado bajo mis pies.   En el descanso, una mancha de sol descolorido   —igual que aquella tarde cuando lloré sin que nadie viera—   se aferra al yeso como un recuerdo terco.   Abro la puerta de lo que fue mi cuarto.   El viento ha desordenado el polvo sobre el suelo.   Juega a ser dueño de lo que el tiempo dejó atrás:   una muñeca sin ojo, la sombra de un póster despegado,   el clavo solitario que sostenía sueños.   "Aquí estuve", susurro.   "Aquí fui", responde el silencio,   con voz de grieta que se e...

El día que la tierra aguardó (Curpa, 1790).

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El sol, como un hacha al rojo, hendía la llanura. El aire, espeso y vibrante, olía a polvo caliente, a boñiga seca, a la promesa lejana de agua en el cauce del río. Yo estaba allí, bajo la sombra raquítica de un cují, tratando de escapar al rigor de junio, ese mes que aquí aprieta las entrañas hasta sacarles jugo. Curpa, un puñado de casas de bahareque y techo de palma, dormitaba. O fingía dormitar. Había un zumbido sordo, un rumor como de colmena inquieta, que no venía solo de las chicharras. ‎ ‎En la casa de los Páez, junto a la plaza polvorienta, el trajín era distinto. Doña María, la comadrona, había entrado apresurada al amanecer, su canasta de telas y hierbas golpeándole la cadera con un ritmo de tambor secreto. Juan Victorio, el padre, hombre de pocas palabras y manos como raíces de árbol, iba y venía del pozo, cada vez con el cántaro más lleno y la frente más surcada de preocupación. Se paraba un instante, miraba al cielo implacable, y luego seguía, sus alpargatas levantando n...

Astilla Nocturna.

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Ahí.   La hendieron las ramas negras.   La colgaron —pedazo de vidrio molido, frío—   en el follaje espeso. Blanca.   Demasiado blanca.   ¿Sangra esa luz?   Se clava en los ojos.   Se filtra —aguja glacial—   hasta el tuétano del aire quieto. Toco la corteza.   Raspa los dedos.   El árbol es hueso viejo bajo la luna.   Y la luna...   hueso frío   clavado en el pecho.   ¡Ah!   Blanca,   tan blanca   que quema   sin herida sangra. Aldo Rojas Padilla.

EL FOGÓN DE LOS DOMINGOS.

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  ‎La casa de la bisabuela respiraba. No era un suspiro, sino un rumor profundo de maderas viejas acunadas por el tiempo, de tierra húmeda en el patio, y de leña chisporroteando en el fogón de hierro, ese altar doméstico de los domingos valencianos. Una casa baja, de paredes que guardaban ecos, en una calle donde el polvo danzaba perezoso en los rayos del sol mañanero. Allí, tres mujeres eran las columnas silenciosas de un universo: la bisabuela, raíz indoblegable; su hija, savia práctica; y la otra, casi hija, sombra querida, criada entre esas paredes, un pilar más en la arquitectura íntima de aquel hogar. ‎Los domingos, sin embargo, eran la excepción al silencio. Era el día en que el aroma del café colao, espeso y oscuro como la tierra buena, se apoderaba de la casa mucho antes de que el sol calentara la calle. La quietud se quebraba con el estruendo alegre de nuestra llegada. Las puertas de madera crujían anunciándonos, y la casa sencilla, de mesa y sillas rústicas que habían vi...

La Llave de Ninguna Parte.

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El peso en el bolsillo del pantalón era inesperado. No recordabas haberlo puesto allí. Sacaste la mano, cerrándola sobre algo frío, metálico, con bordes dentados. Una llave. Una llave vieja, de bronce desgastado, con una cabeza intrincada que parecía representar un ojo cerrado. La examinaste bajo la luz amarillenta del portal. No te decía nada. Absolutamente nada. Era un objeto huérfano de memoria, perdido en el mapa de tus cosas conocidas. ¿De qué puerta? ¿De qué baúl olvidado en qué desván de tu vida? La llevaste arriba, a tu departamento silencioso. La pusiste sobre la mesa de la cocina, junto al plato con migas de la cena. Te sentaste frente a ella, como si esperaras que hablara. La luz de la lámpara le daba destellos opacos. El ojo de bronce parecía observarte con una paciencia infinita, burlona. ¿Cuánto tiempo llevaba viajando contigo, muerta de risa en tu bolsillo, ajena a tu olvido? Buscaste mentalmente cajones cerrados, armarios altos, la puerta del sótano de la casa de tu inf...

La taza de medianoche.

  Un hombre, la lluvia y una taza de café en la madrugada.  Lo que comienza como un ritual cotidiano se transforma en un viaje alucinante hacia su propio pasado... y su más oscuro secreto.  ¿Hasta dónde llega la memoria de la lluvia?