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El lúcido de la plaza

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  Nadie sabía con certeza cuándo había llegado Prudencio a la plaza de Terecay, ni de dónde. Lo cierto es que llevaba tanto tiempo bajo el samán del centro que el árbol y él parecían haber crecido juntos, como dos formas distintas de la misma raíz. Dormía sobre un cartón doblado con la parsimonia de quien hace de la intemperie una costumbre, y se cubría con un saco de yute que olía a lluvia vieja y a tierra de sabana Los perros del pueblo lo conocían. Las gallinas lo rodeaban sin miedo. Los niños, a veces, le dejaban trozos de mango cerca de la banqueta, más por curiosidad que por caridad. El pueblo lo llamaba el Loco, pero lo decían sin maldad, con esa familiaridad resignada con que se nombra lo que no se entiende. Lo que sí era innegable es que Prudencio miraba. Miraba con una fijeza que incomodaba. Sus ojos —dos piedras oscuras y quietas, como los pozos de agua que se forman en el llano después de la tormenta— no se perdían en el vacío como los ojos de los locos de las historias...