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Esa noche

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  La noche era cristalina, de esas que parecen pulidas a mano. El sonido de las ranitas caraqueñas lo envolvía todo, una respiración constante que no interrumpía nada, que simplemente estaba ahí, como está el aire o la oscuridad tibia de las noches de estudiantes. Estábamos sentados muy cerca, ella y yo, con esa proximidad que ya no necesita explicarse. Le tomé la mano. No la solté en ningún momento, como si soltarla fuera a romper algo que ambos sabíamos frágil y, sin embargo, completamente seguro. La miré largo rato antes de besarle la mirada. No los párpados, no la piel: la mirada misma, ese lugar exacto donde ella se asomaba entera, sin guardarse nada. Hay besos que se dan en la boca y hay besos que se dan en lo que alguien está pensando, en lo que alguien está sintiendo en ese instante preciso. Aquel fue de los segundos. Ella no dijo nada. No hacía falta. Las ranitas coqui seguían cantando, indiferentes a nosotros, y esa indiferencia era extrañamente reconfortante: el mundo se...

Los Administradores del Vacío

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El presidente del Concejo Municipal de Terecay llegó a la sesión ordinaria con una carpeta azul debajo del brazo. Dentro de la carpeta no había nada, pero la sostenía con la gravedad de quien carga un tratado de paz. "Ciudadanos", dijo, y esperó a que el silencio le confirmara su propia importancia. "Ciudadanos, el problema del acueducto tiene solución." Aplausos. Tres personas, pero aplausos. Nadie preguntó cuál era la solución, porque todos sabían que la solución era la misma de siempre: una comisión. Se nombraría una comisión que estudiaría el problema, redactaría un informe, elevaría el informe a quien correspondiera, y esperaría respuesta. La respuesta nunca llegaba, pero eso no importaba porque para entonces ya habría otro problema, otra sesión, otra carpeta azul. El vicepresidente del Concejo tomó la palabra para aclarar que él también tenía una propuesta. Su propuesta era crear, dentro de la comisión, una subcomisión. La subcomisión tendría carácter consulti...

El último compás

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Dicen en el barrio que Ernesto Villamayor bailó por última vez un martes de lluvia fina, cuando el agua no caía sino que simplemente aparecía en el aire, como si el cielo hubiera decidido transpirar. Nadie recuerda bien el año. Los viejos de la Sociedad Italiana tampoco se ponen de acuerdo, y a estas alturas ya no importa: lo que importa es que bailó, y que después de esa noche no volvió a hacerlo. Había llegado al salón de la calle Brandsen con el saco oscuro que usaba para todas las ocasiones solemnes —velorios, casamientos, la noche que nació su hijo muerto— y se sentó en la silla del rincón, la misma de siempre, la que nadie ocupaba cuando él estaba presente porque todos sabían, sin que nadie lo hubiera dicho nunca, que esa silla era suya como lo era el silencio antes de que comenzara la música. Esperó. El bandoneón abrió el aire con esa queja que no es exactamente dolor ni exactamente alegría, sino algo que los hombres de arrabal aprendieron a reconocer antes de tener palabras par...

La llave que siempre estuvo

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Encontré la llave debajo del felpudo el martes por la mañana, como siempre. Como siempre, me dije, aunque no recordaba haberla puesto allí la noche anterior. Quizás lo había hecho sin pensar. Esas cosas pasan cuando uno lleva años viviendo en el mismo lugar: el cuerpo aprende rutas que la mente ya no supervisa. La casa olía a café. Eso también me pareció normal hasta que recordé que no había encendido la cafetera. El aroma venía de la cocina con esa densidad particular del café recién colado, no del café de horas. Me serví una taza sin cuestionarlo. Estaba en el punto exacto que me gusta: fuerte, sin azúcar, con ese amargor que te instala en el día. Mi madre llamó a las nueve. —¿Cómo amaneciste? —preguntó, con esa voz suya que mezcla pregunta y diagnóstico. —Bien —dije—. Dormí bien. Hubo una pausa más larga de lo normal. —Qué bueno —dijo. Y antes de que pudiera responder, agregó en voz muy baja, casi para ella misma—: Qué bueno que estés bien. Colgué sin entender por qué me había queda...

La silla de Doña Encarna

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Doña Encarna murió un martes, que es el peor día para morirse en un pueblo porque el martes no tiene ni el peso del lunes ni la resignación del viernes, y la gente no sabe bien qué cara poner. La dejaron velada en la sala, entre cirios y flores de jardín que alguien cortó apurado, y al día siguiente la enterraron en el cementerio del norte, donde la tierra es más blanda y los muertos, dicen, descansan mejor. Pero la silla quedó. Era una silla de mimbre con los brazos gastados en las puntas, de ese desgaste que no hace el tiempo sino las manos, las mismas manos que se apoyan siempre en el mismo lugar durante años y años hasta que la madera cede y toma la forma exacta de una persona. La había sacado Doña Encarna todas las tardes desde que enviudó, que fue hace tanto que los más jóvenes del pueblo no la recordaban de otro modo: sentada en la vereda, con las manos cruzadas sobre la falda, mirando la calle como quien lee un libro que ya sabe de memoria pero igual disfruta. El jueves, cuando...

El peso del aire

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Esa mañana, Rodrigo se despertó sin razón para hacerlo. No era la primera vez. Pero antes había algo — una cita, una deuda, el hambre — que lo obligaba a despegar la espalda del colchón. Ahora no había nada de eso. Solo el techo, con su grieta vieja que nadie había reparado, y la certeza de que el día iba a pesar más de lo que él podía sostener. Se levantó de todos modos. Por inercia, quizás. O por miedo a quedarse quieto demasiado tiempo. Afuera llovía sin convicción, esa lluvia floja que no refresca ni limpia, que solo moja. Rodrigo se paró frente a la ventana con el café en la mano y pensó en su madre. No en su muerte — eso ya lo había pensado hasta gastarlo — sino en sus manos. En cómo le acomodaba el cabello cuando él era niño, sin decir nada, solo pasando los dedos como quien ordena algo que ya estaba bien. Nadie le tocaba el cabello desde entonces. Había gente, claro. Gente que sonreía, que prometía, que ponía la mano en el hombro en los momentos difíciles. Pero esa gente tambié...

La Amistad como Acto de Libertad

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  ‎Entre todos los vínculos que el ser humano construye a lo largo de su existencia, ninguno resulta tan voluntario ni tan vulnerable como la amistad. El parentesco se hereda, el amor irrumpe con violencia propia, la camaradería se impone por circunstancia; pero la amistad se elige. Y precisamente porque nace del libre albedrío, su ruptura duele con una intensidad particular: no hay azar ni destino al cual atribuirle la culpa. Solo hubo una decisión equivocada de confianza. ‎Aristóteles, en su Ética a Nicómaco,  distinguía tres formas de amistad: la fundada en la utilidad, la fundada en el placer y la fundada en la virtud. Las dos primeras son perecederas, sostenía el estagirita, porque desaparecen en cuanto cesa el beneficio o el deleite que las alimentan. Solo la tercera —la amistad entre personas de carácter íntegro, que se quieren por lo que son y no por lo que representan— merece el nombre pleno de philia . Es, en su formulación, el alma que habita en dos cuerpos. ‎Esa di...