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El Banquete de los Espejos.

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  Los Duvalier habían vuelto a superarse. En el ático acristalado que dominaba la ciudad como un faro de vidrio y acero, Marguerite había orquestado su célebre "Cena de los Espejos Antiguos". La regla era clara, y los invitados, la flor y nata de la opulencia, la habían cumplido con devoción: cada uno traía consigo un espejo centenario, relicario de siglos pasados, y lo colocaba frente a su silla en la interminable mesa de ébano. Los espejos, solemnes y profundos, observaban el espectáculo. Y qué espectáculo. Sobre manteles de hilo irlandés, surgían platos que eran esculturas efímeras: torres de foie gras nebulizado con polvo de oro comestible, medusas translúcidas suspendidas en gel de caviar que emitían una fosforescencia inquietante, pétalos de orquídea negra criados en Dom Pérignon. El aire olía a trufa blanca y a vanagloria. Entre sorbo de Château Lafite 1787 y comentario despectivo sobre la última caída bursátil, los comensales reían, charlaban, se admiraban en sus prop...

El desdoblamiento de los iluminados. (Un cuento en la penumbra).

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La ciudad transpiraba ese alquitrán agrio de las tardes que nunca terminan. Yo caminaba —o más bien, mi sombra caminaba— por la Avenida de los Espejos Rotos. No eran espejos, claro, sino escaparates velados por el polvo del Tiempo Detenido. Pero reflejaban, oh sí, pedazos torcidos de la realidad: una pierna aquí, un ojo desorbitado allá, la sonrisa fosforescente de un maniquí sin cabeza.   Frente al Gran Teatro Vacío, la Cola Serpentina. No se sabía para qué. Quizás para respirar, o para recordar cómo se hacía. Yo observaba desde mi costado invisible, ese que se despegó de mí hace lunas, hambriento de silencio. La gente en la fila tenía piel de papel secante, absorbían la humedad del aire con una dignidad aterradora.   Y entonces, ellos . Surgieron de la Bruma Electrónica, envueltos en trajes de luces pixeladas. Los Iluminados. Caminaban sobre una alfombra de aire comprimido, sus risas eran campanitas de vidrio rompiéndose contra el asfalto. Uno llevaba un perro robo...

El eco en el cristal.

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¿Qué buscas ahí, en ese pozo sin fondo donde el brillo reemplaza el ser? Miras tu reflejo, pulido, sin arrugas. La luz danza en la pantalla. ¿Qué buscas ahí, en ese pozo sin fondo donde el brillo reemplaza el ser? Los dedos se deslizan sobre la nada, construyendo castillos de aire, muros de likes y sonrisas prestadas. El aroma a nuevo, a plástico reluciente, te envuelve en un abrazo frío. "¡Mírame!", grita el gesto, la pose perfecta. Pero el eco responde desde el abismo: "¿Qué hay dentro, detrás de la fina capa de piel estirada, de sonrisa programada?" La risa, aguda, estridente, se quiebra en mil fragmentos invisibles. Hablas de éxito, de lo que tienes, de lo que compraste. El nombre de la marca, el precio, el aplauso que esperas. ¿Y el hambre? ¿El verdadero hambre que carcome las entrañas, ese vacío que ni todo el oro del mundo podría llenar? El sol se pone, pintando el cielo de rojo, y tú, ciego a su inmensidad, solo ves la luz perfecta para una selfie. La sed de...