La flor del otro lado.
Apenas la vi supe que algo se había movido de lugar. No era el tacto ni el color, que venían exactos de la tierra. Era el perfume. Un olor a música detenida, a caracolas llenas de eco, a polvo de luna. Sucedió al anochecer, de repente. Justo cuando el último rayo de sol se aferró al muro, la flor abrió sus pétalos blancos y rosados. Mi casa, una casa común de baldosas y paredes sin historia, pareció llenarse de una respiración ajena. Se me hizo inevitable observarla. Me senté en el porche, con los pies descalzos, sintiendo el aroma subir, envolverme. Era un aroma dulce, sí, pero con un filo, como un cuchillo de miel. Cerraba los ojos y el perfume me mostraba puertas que no existían, me soplaba nombres de ciudades de las que nunca había oído hablar. Era un mapa, un código. Y yo, que solo soy un tipo con una hamaca en el jardín, no sabía qué hacer con esa revelación. Una noche, en el punto exacto en que el perfume se hizo más intenso, la vi. Una mujer, o tal vez la idea de una mujer, se ...