El Cronista del Té
El día que el mundo perdió sus colores para Daniel Arocha, él no se vistió de luto, sino que preparó una tetera de porcelana fina, aquella que heredó de su madre y que solo usaba en ocasiones especiales. No hubo anuncio, ni carta de despedida. Simplemente dejó de responder. Colgó el teléfono, desconectó el timbre y transformó su apartamento de toda la vida en una cámara de ecos voluntaria. Al principio, fue un experimento. Daniel, de cincuenta y siete años, contable retirado y soltero por convicción tardía, había acumulado un desgaste extremo frente a la pantalla del vivir. Las conversaciones eran guiones predecibles, las sonrisas, monedas de cambio, y los gestos de bondad, inversiones a futuro. La última gota fue una cena con viejos "amigos" donde, entre brindis huecos, se repartieron mentiras como si fueran canapés. Al salir, Daniel sintió que caminaba sobre un escenario de cartón piedra. El aire mismo olía a falsedad. Así que se recluyó. Pero no para morir, sino para ...