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Mostrando entradas de septiembre, 2025

El hombre que perdió su sombra.

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Por un momento, pensé que era cosa de la luz, de ese sol oblicuo y tramposo de las mañanas de otoño. Me detuve frente a la vidriera de la ferretería, buscando mi reflejo entre martillos y serruchos, y no lo encontré. O mejor dicho, me encontré a mí mismo, la cara de sueño, la corbata mal anudada, pero abajo, donde debería estirarse una mancha oscura y familiar, solo había el gris impecable del cemento. Me volví, alarmado. La gente pasaba a mi lado y sus sombras, largas y bailarinas, se enredaban en sus talones. Yo arrastraba… nada. Una transparencia absoluta. Toqué mi cuerpo, mis piernas; estaba ahí, sólido, tangible. Pero la prueba fundamental, la evidencia de que era un objeto interceptando la luz, había desertado. El primer día fue una incómoda anécdota. En la oficina, mi jefe, el señor Dimas, frunció el ceño cuando me vio pasar frente a su despacho. —Aznar, ¿le pasa algo? —No, señor. ¿Por qué? —No sé. Se ve… raro. Como si faltara algo. Nadie lo mencionaba directamente, pero sentía ...

El Testigo de Barro y Ternura.

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Valencia, a mediados del siglo XX, olía a café recién colado y a tierra húmeda del lago. Por las calles de polvo y sol, donde las tapias encerraban jardines de mangos y merey, se empezaba a sentir el jadeo de la modernidad, pero el ritmo aún lo marcaba el tranco pausado de las bestias. En una de esas casas de corredor amplio, vivía la familia de don Luis, un hombre de carácter jovial y de una palabra tan firme como los samanes del camino real. A su hermano, el tío Renato, hombre recio y de pocas pero certeras palabras, le unía una amistad inquebrantable con don Humberto, dueño de una pequeña finca en las afueras. Cuando la joven esposa de don Luis anunció su preñez, la alegría fue general. Don Humberto, en un gesto de pura camaradería, le prometió a Renato: “Al niño que nazca, le regalo el mejor potrillo de la camada de ‘Relámpago’. Será un buen compañero”. La vida, sin embargo, tiene sus meandros imprevistos. La partera sacó a la luz no a un niño robusto, sino a una niña de ojos vivos...

El Huésped Sólido.

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  El vacío no era, como podría suponerse, una ausencia. Para Andrés, había adquirido la consistencia de un huésped. Un huésped que no llegó un día, sino que simplemente se hizo evidente, como una mancha de humedad en la pared que siempre estuvo ahí, pero que la luz de una mañana particular revela de pronto con una claridad obscena. Al principio era una levedad en el centro del pecho, una ligereza incómoda, como si le hubieran extraído una costilla y en su lugar hubieran dejado una bolsa de aire frío. Con el tiempo, el huésped fue expandiéndose. Aprendió a colarse en los rituales cotidianos. Andrés bebía un café y, entre sorbo y sorbo, el vacío se instalaba en la taza, haciéndola más pesada, infinitamente pesada, como si contuviera plomo líquido. Encendía la radio y la música sonaba perfecta, melódica, pero el vacío se colaba entre las notas, creando un silencio paralelo que las devoraba por dentro. La gente notaba algo, claro. “Andás distraído, Andrés”, le decían. Él sonreía, un ge...

El coleccionista de ausencias.

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  ‎Te sientes en el umbral, una sombra más entre las sombras que la tarde dibuja en el rellano. La mano que busca en el bolsillo roza un puñado de metal frío, el tintineo familiar, la falsa seguridad del llavero. Pero algo no encaja. El tacto es distinto. Vacío. Un agujero negro donde debería estar la llave de la puerta, la tuya, la de este apartamento que crees tuyo. ‎Un escalofrío te sube por la espalda, no por el frío de la tarde sino por esa grieta que se abre de golpe en la rutina. ‎Siempre te fascinaron las llaves. No las que abren tu mundo, sino las ajenas, las huérfanas. Las coleccionas. Las encuentras en el parque, enterradas bajo las hojas secas, con ese óxido que huele a olvido y promesa rota. En los mercados de pulgas, entre cachivaches sin nombre, un puñado de hierro retorcido que alguna vez abrió una caja fuerte, un diario íntimo, una vida entera. Cada nueva adquisición es un pequeño triunfo, una reliquia de existencias tangenciales. Las guardas en un viejo cofre de c...

El último episodio de Polly y Parches.

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  ‎Danny Ortega llevaba tres semanas sin dormir cuando encontró el rollo. El sótano del Canal 7 olía a vinagre y a cintas oxidadas. Cada paso suyo hacía crujir el linóleo, como si algo respirara debajo. En la estantería D-9, entre un spot publicitario de un dentífrico que ya nadie fabricaba y un noticiero del terremoto del 85, descansaba un carrete de 16 mm marcado con cinta adhesiva amarilla: “PP-13: nunca emitir”. ‎No era la primera vez que Danny se quedaba hasta tarde. Desde que su mujer lo echó de casa —“Vives en tu mundo, Danny, y no precisamente conmigo”—, el canal se había convertido en su refugio. Llevó el viejo proyector a su cubículo de control, cargó el rollo, ajustó la tensión de la lámpara y apagó las luces. ‎Los primeros minutos eran idénticos a los que recordaba: la muñeca de trapo Polly saludando con su vestido de cuadros, mientras su perro Parches ladraba sin parar. Pero a los 4:37, la imagen se partió en bandas negras y reapareció la misma escena… con una diferenc...

Llamada entrante.

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El timbre del teléfono me arrancó de un sueño intranquilo. Parpadeé en la oscuridad, desorientada. ¿Quién podía llamar a las 3:17 de la madrugada? Me incorporé con torpeza, tanteando en la mesilla de noche. La pantalla brilló, cegándome un instante. Y entonces, la vi. Llamada entrante: Elena Vásquez. Mi propio nombre. Mi propio número. Un error del sistema, pensé. Una broma de esas aplicaciones que falsifican identidades. Dejé que cayera al buzón de voz y me tumbé de nuevo, el corazón aún acelerado. Diez segundos después, volvió a sonar. La misma pesadilla luminosa: Elena Vásquez. La ansiedad, como una lámina de hielo, comenzó a treparme por la piel. Deslicé el dedo para contestar y llevé el aparato a la oreja. —¿Hola? —mi voz sonó ronca, arrastrada por el sueño. Al otro lado, nada. Solo un silencio compacto, expectante. Estaba a punto de colgar cuando lo escuché. Un susurro raspado, jadeante, como si quien hablara lo hiciera con el último aliento. «No hagas ruido.» Me quedé inmóvil. E...