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El coleccionista de ausencias.

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  ‎Te sientes en el umbral, una sombra más entre las sombras que la tarde dibuja en el rellano. La mano que busca en el bolsillo roza un puñado de metal frío, el tintineo familiar, la falsa seguridad del llavero. Pero algo no encaja. El tacto es distinto. Vacío. Un agujero negro donde debería estar la llave de la puerta, la tuya, la de este apartamento que crees tuyo. ‎Un escalofrío te sube por la espalda, no por el frío de la tarde sino por esa grieta que se abre de golpe en la rutina. ‎Siempre te fascinaron las llaves. No las que abren tu mundo, sino las ajenas, las huérfanas. Las coleccionas. Las encuentras en el parque, enterradas bajo las hojas secas, con ese óxido que huele a olvido y promesa rota. En los mercados de pulgas, entre cachivaches sin nombre, un puñado de hierro retorcido que alguna vez abrió una caja fuerte, un diario íntimo, una vida entera. Cada nueva adquisición es un pequeño triunfo, una reliquia de existencias tangenciales. Las guardas en un viejo cofre de c...

El eco entre las grietas.

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El eco de las ausencias es lo que más duele.   No las paredes descascaradas, ni las ventanas ciegas,   sino ese zumbido sordo en las entrañas del pasillo   donde antes resonaban los "buenos días" con olor a café.   Entro. La humedad se me adhiere a la piel como un reproche.   ¿Quién abandona a quién? La escalera cruje un idioma olvidado bajo mis pies.   En el descanso, una mancha de sol descolorido   —igual que aquella tarde cuando lloré sin que nadie viera—   se aferra al yeso como un recuerdo terco.   Abro la puerta de lo que fue mi cuarto.   El viento ha desordenado el polvo sobre el suelo.   Juega a ser dueño de lo que el tiempo dejó atrás:   una muñeca sin ojo, la sombra de un póster despegado,   el clavo solitario que sostenía sueños.   "Aquí estuve", susurro.   "Aquí fui", responde el silencio,   con voz de grieta que se e...