El eco entre las grietas.


El eco de las ausencias es lo que más duele.  

No las paredes descascaradas, ni las ventanas ciegas,  

sino ese zumbido sordo en las entrañas del pasillo  

donde antes resonaban los "buenos días" con olor a café.  


Entro. La humedad se me adhiere a la piel como un reproche.  

¿Quién abandona a quién?

La escalera cruje un idioma olvidado bajo mis pies.  

En el descanso, una mancha de sol descolorido  

—igual que aquella tarde cuando lloré sin que nadie viera—  

se aferra al yeso como un recuerdo terco.  


Abro la puerta de lo que fue mi cuarto.  

El viento ha desordenado el polvo sobre el suelo.  

Juega a ser dueño de lo que el tiempo dejó atrás:  

una muñeca sin ojo, la sombra de un póster despegado,  

el clavo solitario que sostenía sueños.  

"Aquí estuve", susurro.  

"Aquí fui", responde el silencio,  

con voz de grieta que se ensancha en invierno.  


En la cocina, el frío sabe a metal oxidado.  

La pila tiene una costra blanca, mineral y triste.  

Me apoyo en el mármol donde ella amasaba la vida.  

Cierro los ojos:  

—"Más harina, niño. La pena se amasa con las manos, no con lágrimas".

Su voz me llega envuelta en aroma de canela.  

Pero solo es el viento mordiendo la rendija.  


Afuera, el jardín es un bosque de huesos secos.  

Las rosas que plantamos juntos se enredan en maleza voraz.  

Una rama golpea el cristal: ¡toc, toc!

Como cuando ella llamaba con los nudillos  

para que bajara a merendar.  

Ahora solo llama la nada.  


Me siento en los peldaños podridos del porche.  

El atardecer mancha de morado las tejas rotas.  

En mi mano, una taza desconchada que rescaté del escombro.  

Le falta el asa. Como a mí.  

Sorbemos juntos el vacío.  


¿Adónde van los lugares cuando mueren?  

¿Se los lleva el viento?  

¿O se quedan vagando dentro de uno,  

como un hueso mal curado que llueve cuando cambia el tiempo?  


El abandono no es una rendición.  

Es una costra.  

La piel que crece sobre lo que no pudimos sostener.  

Sobre lo que nos sostenía.  


(La casa suspira al cerrar la puerta por última vez.  

O tal vez soy yo  

exhalando pedazos de adobe e infancia.)  


Aldo Rojas Padilla.

Comentarios

Entradas populares de este blog

La habitación de las tres y siete.

Continuidad de la bruma

El hombre que perdió su sombra.