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La Siesta Cósmica.

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El sol no calentaba; ejecutaba una sentencia. Sobre Terecay, había decidido derretir el poblado hasta reducirlo a un charco brillante de asfalto y nostalgia. Ramón, poeta de versos tan secos como la tierra agrietada de su patio, yacía en su hamaca como un héroe derrotado en el campo de batalla. El samán, otrora un gigante frondoso, parecía ahora un espectro de hojas mustias, ofreciendo una sombra tímida y llena de agujeros por donde se colaba la luz, afilada como un cuchillo. Sudar era un acto inútil. La humedad era tan espesa que el aire se bebía el sudor antes de que este pudiera enfriar la piel. Ramón cerró los ojos. Las gotas que le corrían por la sien no eran de agua, eran de pura resignación. Entonces, tuvo una epifanía: si el cuerpo no podía escapar, lo haría la mente. Su arma sería la voluntad. Su campo de batalla, el sueño. Con la solemnidad de un monje zen, comenzó su ritual. Respiró hondo, aspirando calor y expulsando derrota. "No estoy en Terecay", murmuró, y sus ...