La Nochebuena del Sr. Harrington
La nieve caía en silencio sobre Elmwood Avenue, cubriendo de blanco inmaculado los jardines y tejados. En el número 47, la única casa sin luces navideñas, el viejo Mr. Harrington observaba desde la ventana del estudio. El reloj de pared marcó las once de la noche. Veinticuatro de diciembre. —Abuelo, la cena está lista —la voz de Lily, su nieta de doce años, sonó tímida en el umbral. Harrington asintió sin volverse. Oía el tintineo de los cubiertos en el comedor, el murmullo de la radio que emitía villancicos, la risa forzada de su hija Martha. Todos esos sonidos familiares que, en vez de calmar, afilaban su nerviosismo. Esperaba algo. Algo que llegaba cada Nochebuena desde hacía diez años. Se sentó a la cabecera de la mesa. El pavo relucía bajo la luz de la araña, pero a Harrington le pareció pálido, casi grisáceo. Las velas parpadeaban como si algo soplara sobre ellas, aunque ninguna ventana estaba abierta. —¿Abuelo? —Lily lo miraba con sus grandes ojos azules—. ¿No vas a probar...