La Voz del Cementerio. ‎


‎El viento del mar se filtraba entre los muros agrietados del cementerio de Manga, trayendo olor a sal y a flores marchitas. Ramón Cárdenas llevaba cuarenta años siendo sepulturero. Había visto de todo: los ricos con tumbas de mármol y los pobres con cruces torcidas de madera, los llantos sinceros y los que duraban lo justo para la foto. Pero lo que más temía no eran los muertos, sino las voces.
‎Cada octubre, decía, las almas se confundían entre los vivos. Por eso, cuando una muchacha llegó esa tarde con una cámara colgada al cuello y curiosidad en los ojos, él supo que algo iba a salir mal.
‎—Buenas tardes, ¿usted es el cuidador? —preguntó ella, con acento argentino.

‎—El mismo. Pero está cerrado.

‎—Solo quiero unas fotos. Para mi blog. “Cementerios con historia”. Prometo no tocar nada.
‎Ramón la miró largo rato. La luz del atardecer se filtraba naranja entre los cipreses, y los gatos callejeros se escondían entre las lápidas.

‎Suspiró.

‎—Si insiste, entre. Pero si escucha que alguien la llama por su nombre, no conteste.

‎—¿Por qué?

‎—Porque puede que no sea yo.
‎Ella sonrió, divertida, y siguió su camino.
‎A medianoche, el cementerio parecía un laberinto de sombras. Elisa encendió su linterna y apuntó la cámara. El flash iluminó brevemente los nombres borrosos de las tumbas, los ángeles de piedra sin brazos, las coronas marchitas.

‎Mientras tomaba notas, escuchó un leve susurro:
‎—Elisa…
‎Giró. Nadie. Solo el sonido del mar golpeando las murallas.
‎—Ramón, ¿es usted? —preguntó.
‎Silencio.
‎Siguió caminando. El aire se espesó, y la voz volvió, más cerca.
‎—Elisa… ven. Mira lo que hiciste.
‎Esta vez no era la voz de un hombre viejo. Era la suya propia, idéntica, como si viniera desde una grabación.

‎La linterna parpadeó y se apagó.

‎Cuando logró encenderla otra vez, estaba frente a una lápida sin nombre, húmeda, cubierta de musgo. En el mármol, apenas visible, se distinguían unas letras que parecían recién talladas:
‎“Aquí reposa Elisa Méndez. Fallecida el 29 de octubre de 2025".
‎Elisa retrocedió. Su respiración se aceleró.
‎—Esto tiene que ser una broma… —susurró.
‎Corrió entre las tumbas, gritando por Ramón. Lo encontró rezando en la pequeña capilla del fondo, arrodillado ante una virgen ennegrecida por el tiempo.

‎—¡Ramón! ¡Alguien talló mi nombre en una lápida!
‎El viejo la miró con pesar.

‎—¿Le respondió, niña? —preguntó.

‎—¿Qué?

‎—A la voz. ¿Le respondió cuando la llamó?

‎Elisa no contestó. Lo había hecho.
‎Regresaron juntos al lugar.

‎La bruma había bajado, cubriendo todo de un resplandor lechoso. La lápida seguía allí, pero el nombre había cambiado.

‎Ahora decía:
‎“Aquí reposa Ramón Cárdenas. Fallecido el 29 de octubre de 2025".
‎—Esto no puede ser —murmuró ella, temblando—. Eso estaba con mi nombre. ¡Lo juro!
‎Ramón se quedó mirando su propia tumba, con una expresión serena, casi aliviada.
‎—Ya me tocaba —dijo con voz cansada—. El cementerio siempre cobra al que abre la puerta después de la medianoche.
‎Elisa quiso correr, pero el aire se volvió espeso, como agua. Ramón sonrió, la piel de su rostro se volvió translúcida, y empezó a desvanecerse, partícula a partícula, hasta que solo quedó su gorra en el suelo.
‎La bruma se disolvió.
‎Elisa, jadeante, retrocedió. Tropezó con una lápida y cayó. Al alzar la vista, vio que todas las cruces del cementerio estaban giradas hacia ella. Todas.

‎Y en cada una, el nombre Elisa Méndez tallado con la misma fecha.
‎A la mañana siguiente, el cura del cementerio llegó como siempre. Encontró la gorra vieja de Ramón sobre la tierra húmeda, la cámara destrozada y una lápida recién abierta.

‎Mandó a llamar al nuevo cuidador, un muchacho joven, callado.

‎El cura lo miró con desconfianza.

‎—¿Su nombre, hijo?

‎El joven levantó la vista, y con una sonrisa apenas triste respondió:

‎—Ramón Cárdenas.
‎Y el mar volvió a soplar entre las tumbas.

Aldo Rojas Padilla.

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