Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como Mirador de Tinta

El Huésped Sólido.

Imagen
  El vacío no era, como podría suponerse, una ausencia. Para Andrés, había adquirido la consistencia de un huésped. Un huésped que no llegó un día, sino que simplemente se hizo evidente, como una mancha de humedad en la pared que siempre estuvo ahí, pero que la luz de una mañana particular revela de pronto con una claridad obscena. Al principio era una levedad en el centro del pecho, una ligereza incómoda, como si le hubieran extraído una costilla y en su lugar hubieran dejado una bolsa de aire frío. Con el tiempo, el huésped fue expandiéndose. Aprendió a colarse en los rituales cotidianos. Andrés bebía un café y, entre sorbo y sorbo, el vacío se instalaba en la taza, haciéndola más pesada, infinitamente pesada, como si contuviera plomo líquido. Encendía la radio y la música sonaba perfecta, melódica, pero el vacío se colaba entre las notas, creando un silencio paralelo que las devoraba por dentro. La gente notaba algo, claro. “Andás distraído, Andrés”, le decían. Él sonreía, un ge...

El coleccionista de ausencias.

Imagen
  ‎Te sientes en el umbral, una sombra más entre las sombras que la tarde dibuja en el rellano. La mano que busca en el bolsillo roza un puñado de metal frío, el tintineo familiar, la falsa seguridad del llavero. Pero algo no encaja. El tacto es distinto. Vacío. Un agujero negro donde debería estar la llave de la puerta, la tuya, la de este apartamento que crees tuyo. ‎Un escalofrío te sube por la espalda, no por el frío de la tarde sino por esa grieta que se abre de golpe en la rutina. ‎Siempre te fascinaron las llaves. No las que abren tu mundo, sino las ajenas, las huérfanas. Las coleccionas. Las encuentras en el parque, enterradas bajo las hojas secas, con ese óxido que huele a olvido y promesa rota. En los mercados de pulgas, entre cachivaches sin nombre, un puñado de hierro retorcido que alguna vez abrió una caja fuerte, un diario íntimo, una vida entera. Cada nueva adquisición es un pequeño triunfo, una reliquia de existencias tangenciales. Las guardas en un viejo cofre de c...

Llamada entrante.

Imagen
El timbre del teléfono me arrancó de un sueño intranquilo. Parpadeé en la oscuridad, desorientada. ¿Quién podía llamar a las 3:17 de la madrugada? Me incorporé con torpeza, tanteando en la mesilla de noche. La pantalla brilló, cegándome un instante. Y entonces, la vi. Llamada entrante: Elena Vásquez. Mi propio nombre. Mi propio número. Un error del sistema, pensé. Una broma de esas aplicaciones que falsifican identidades. Dejé que cayera al buzón de voz y me tumbé de nuevo, el corazón aún acelerado. Diez segundos después, volvió a sonar. La misma pesadilla luminosa: Elena Vásquez. La ansiedad, como una lámina de hielo, comenzó a treparme por la piel. Deslicé el dedo para contestar y llevé el aparato a la oreja. —¿Hola? —mi voz sonó ronca, arrastrada por el sueño. Al otro lado, nada. Solo un silencio compacto, expectante. Estaba a punto de colgar cuando lo escuché. Un susurro raspado, jadeante, como si quien hablara lo hiciera con el último aliento. «No hagas ruido.» Me quedé inmóvil. E...

El club de los relojes.

Imagen
Nadie en el edificio hablaba de otra cosa que no fueran relojes. El vecino del 3°B mostraba orgulloso su Omega que brillaba hasta en la penumbra; la señora del 4°A juraba que su Cartier no sólo daba la hora exacta, sino que además “adelgazaba la muñeca”; y el portero, sin excepción, exhibía un Casio digital con luces verdes que titilaban como si anunciara la llegada de una nave espacial. En las reuniones de condominio ya no se discutía sobre goteras ni ascensores rotos. La conversación giraba siempre hacia las manecillas, los mecanismos, las correas. Algunos habían perfeccionado el gesto de levantar el brazo con estudiada naturalidad, dejando que el reflejo del reloj impactara en el ojo ajeno como un latigazo de superioridad. Yo, con mi reloj barato comprado en la calle Florida, era el hazmerreír. Nadie me hablaba demasiado, salvo para preguntar con malicia: —Digame, vecino… ¿qué hora marca su reliquia? —Las siete y veinte —respondía yo, mirando mi muñeca sin vergüenza. Entonces venía...

El Banquete de los Espejos.

Imagen
  Los Duvalier habían vuelto a superarse. En el ático acristalado que dominaba la ciudad como un faro de vidrio y acero, Marguerite había orquestado su célebre "Cena de los Espejos Antiguos". La regla era clara, y los invitados, la flor y nata de la opulencia, la habían cumplido con devoción: cada uno traía consigo un espejo centenario, relicario de siglos pasados, y lo colocaba frente a su silla en la interminable mesa de ébano. Los espejos, solemnes y profundos, observaban el espectáculo. Y qué espectáculo. Sobre manteles de hilo irlandés, surgían platos que eran esculturas efímeras: torres de foie gras nebulizado con polvo de oro comestible, medusas translúcidas suspendidas en gel de caviar que emitían una fosforescencia inquietante, pétalos de orquídea negra criados en Dom Pérignon. El aire olía a trufa blanca y a vanagloria. Entre sorbo de Château Lafite 1787 y comentario despectivo sobre la última caída bursátil, los comensales reían, charlaban, se admiraban en sus prop...

El ronroneo de la sospecha.

Imagen
  Ayer, la verdad es que ayer por la tarde, me di cuenta. Algo tan simple, tan sutil, que uno puede pasarlo por alto durante años. Y, sin embargo, ahí estaba, escondido en la penumbra de la sala, entre la mesa de centro y el viejo sillón de terciopelo. Es por eso que esta mañana, al despertar, ya tenía mis conclusiones listas. No, no es una cuestión de si se ha movido o no la manecilla de mi reloj. Es una cuestión de tiempo, de cómo el tiempo mismo se ha doblado, se ha contorsionado y se ha escondido en el ronroneo del gato. Mi gato, Balthazar. Balthazar es un gato de esos que uno ve en las postales. Atigrado, con rayas de un suave marrón que se funden con un pelaje ocre, y unos ojos verdes que parecen dos esmeraldas líquidas. Un gato de esos que duermen doce horas seguidas, se estiran como si fueran de goma y, en un momento de furia, se convierten en una bola de pelo y garras. Pero lo que me desconcertó ayer fue su ronroneo. Un ronroneo que no era un ronroneo. Era una especie de z...

El eco de las teclas.

Imagen
  La máquina de escribir esperaba en el rincón como un perro fiel. Una Olivetti Lettera 32, verde aceituna, con teclas gastadas por mis dedos. La compré en el Mercado de las Pulgas un domingo lluvioso, cuando aún creía que las palabras podían salvar el mundo. Ahora sé que solo salvan pedazos del alma, esos que se despegan al rozar la realidad. Escribo de madrugada. El silencio es un aliado que bebe café conmigo mientras la ciudad ronca. Aquella noche, el cuento fluía: un hombre encontraba semillas de estrellas en los bolsillos de su gabardina. Pero al pasar a la página tres, la Olivetti empezó a tartamudear. Clac-clac... clic . Las teclas se hundían solas.  "...y supo que el colega había robado sus estrellas para adornar su mediocridad". Fruncí el ceño. Yo no había escrito eso. Toqué la línea con la yema del índice. La tinta estaba fresca, oliendo a menta y resentimiento. Al día siguiente, en el suplemento cultural, mi cuento apareció firmado por Renato Villegas. El muy chac...

El visitante de yeso.

Imagen
  Me lo regaló Leo el día que abandonó el estudio. "Guárdalo, Bruno", dijo, empujando el cuadro contra mi pecho como si se deshiciera de un cadáver pequeño. "Tiene algo de vos. O vos tenés algo de él. No sé". Su sonrisa era un gesto cansado entre los caballetes vacíos y los frascos de trementina. El cuadro era abstracto, un remolino de grises y blancos sucios sobre un fondo negro, con una textura áspera, casi como yeso agrietado. Extraño. No me gustó. Pero lo colgué en el pasillo, frente a la puerta del baño, porque Leo había sido mi amigo y el gesto pesaba más que el objeto. La primera ausencia fue una nimiedad. Un domingo lluvioso, quise recordar el sabor exacto de las empanadas que hacía mi abuela Marta, aquellas que doblaban la masa en una puntita perfecta. Nada. Solo un vacío cálido donde debería estar el recuerdo del gusto a comino y carne jugosa. Extraño, pensé, atribuyéndolo al desgaste natural del tiempo. Pero luego fue la melodía que tarareaba mi madre mie...

El ascensor con memoria (y mal genio).

Imagen
El ascensor del edificio Palermo, un cubo de metal con más de medio siglo encima, no era un ascensor cualquiera. Tenía un alma, o al menos el mal genio de una abuela renga. Sus entrañas de cables y poleas resonaban con quejidos que el viejo portero, don Carmelo, juraba que eran resoplidos de hartazgo. "Se le ha subido la sangre a la cabeza", mascullaba, y nadie osaba corregirlo. El día comenzó como cualquier otro lunes de tormenta, con la humedad pegándose a la piel y el apuro masticado en la boca de los vecinos. La señora Emilia, la del cuarto B, intentó llamar al ascensor. El botón, de un plástico amarillento y sudoroso, se hundió con un clic lastimero. Nada. Volvió a pulsar, con esa furia contenida de quien ha perdido el tren de la paciencia. El ascensor, desde su pozo oscuro, emitió un gruñido metálico que sonó a burla. Emilia suspiró. "Está ofendido. Otra vez." Y bajó por la escalera, murmurando sobre la necesidad de un exorcismo. Don Leandro, el profesor jubil...

El color del silencio.

Imagen
El ático, bajo el ojo redondo del tragaluz, olía a madera vieja y a todas las ausencias. El aire quieto tenía el tacto de una telaraña. Allí, agazapado entre cajas rotas y muebles cojos, encontré el baúl de cedro de mi abuela, con las iniciales de latón ya verdosas y un candado oxidado que cedió con un chasquido ahogado. Dentro, entre sábanas de lino amarillentas, dormía un álbum. Era de tapas gruesas, forradas en terciopelo desvaído, y sus hojas, de cartón color tabaco, crujieron al abrirlo como si despertaran un lamento. La luz tenue de la tarde, que se colaba como un ladrón por la ventana sucia, apenas rozaba las fotografías pegadas con esquineras de papel. La primera que me llamó, no, que me arrastró, fue una imagen ovalada, sepia, de un hombre. Sus ojos. Era lo primero. Tan penetrantes que parecían perforar el cristal de la fotografía, el tiempo, la piel misma del presente. Un bigote ralo le sombreaba el labio, y el traje, de solapas anchas, le quedaba un poco grande. Alrededor, u...

La cucharita de plata y el eco del hambre.

Imagen
  La cucharita de plata, apenas un hilito de metal en mi palma, pesaba más que un ancla en un mar de plomo. Había sido suya, de mi madre, el único recuerdo tangible que me quedaba después de la venta apresurada, la desbandada de objetos que se llevó el eco de su risa, el olor a lavanda de sus cajones. La sostenía ahora, en la cocina a oscuras, donde el frío se había instalado en las baldosas y trepaba por mis tobillos como una condena. No había luz, no porque la noche fuera profunda, sino porque el medidor se había detenido en un número que ya no era mío. La nevera, un gigante blanco y mudo, abría su boca vacía cada vez que la rozaba al pasar. Un desierto helado donde antes florecían los aromas de sus guisos, el murmullo de las botellas de leche. Ahora, solo el eco metálico de mis propios dedos al golpear el estante desnudo. No había hambre, no la que ruge en el estómago, sino la que carcome el alma, la que se instala en el tuétano de los huesos y no te deja respirar. Esa era la qu...

El eco que me habita.

Hay días en que la vida se reduce a una fisura.   No es tristeza, no es dolor: es el peso de lo que no está.   Este poema nació en una madrugada sin luna para darle forma al vacío que a veces habita en mi pecho.   Para convertir en geografía lo que solo era un abismo sin nombre.   Porque hay heridas que no sangran, sino que devoran la luz.   No es un grito. Es el eco de algo que se perdió hace tiempo,   y aún resuena en cada paso que doy bajo el sol.  

El abrazo del miedo.

Imagen
‎ La jaula es el cuerpo, ‎la llave es pavor. No es la sombra furtiva, ‎ni el eco en la pared. ‎Es la piel que se ciñe, ‎invisible red. ‎ ‎Un tacto sin manos, ‎un aliento sin voz. ‎El temor que nos toma, ‎y no hay dónde ir. ‎ ‎Se adhiere al respiro, ‎se enreda en la fe. ‎Nos besa los párpados, ‎no nos deja ver. ‎ ‎Y así, prisioneros ‎de un cálido horror, ‎la jaula es el cuerpo, ‎la llave es pavor. Aldo Rojas Padilla.

El eco en el cristal.

Imagen
¿Qué buscas ahí, en ese pozo sin fondo donde el brillo reemplaza el ser? Miras tu reflejo, pulido, sin arrugas. La luz danza en la pantalla. ¿Qué buscas ahí, en ese pozo sin fondo donde el brillo reemplaza el ser? Los dedos se deslizan sobre la nada, construyendo castillos de aire, muros de likes y sonrisas prestadas. El aroma a nuevo, a plástico reluciente, te envuelve en un abrazo frío. "¡Mírame!", grita el gesto, la pose perfecta. Pero el eco responde desde el abismo: "¿Qué hay dentro, detrás de la fina capa de piel estirada, de sonrisa programada?" La risa, aguda, estridente, se quiebra en mil fragmentos invisibles. Hablas de éxito, de lo que tienes, de lo que compraste. El nombre de la marca, el precio, el aplauso que esperas. ¿Y el hambre? ¿El verdadero hambre que carcome las entrañas, ese vacío que ni todo el oro del mundo podría llenar? El sol se pone, pintando el cielo de rojo, y tú, ciego a su inmensidad, solo ves la luz perfecta para una selfie. La sed de...