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Los Huéspedes del Tiempo

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  Era la costumbre, cada 31 de diciembre, que la familia de Mauricio se reuniera en la vieja casa de la calle Humboldt. Un ritual de manteles largos, uvas, brindis torpes y nostalgias a medio masticar. Este año, sin embargo, a Mauricio le había llegado un objeto insólito: un mantel de hilo, deslumbrantemente blanco, heredado de su bisabuela rumana, con una carta que solo decía: “Para que los hilos no se corten. Extiéndelo completo”. Así que, contra toda lógica y el tamaño de la mesa, desplegó aquel mantel interminable. Cubrió la mesa de pino, luego el suelo de la sala, y siguió desenrollándolo por el corredor, la entrada, hasta que el último tramo cayó por las escaleras que llevaban al jardín. Parecía un sendero de nieve, un puente frágil sobre el día. La familia comenzó a llegar. Los vivos, claro. Tía Clara con su ponche de canela, el primo Sebastián con sus chistes malos, los niños que correteaban entre las patas de los muebles y el fantasma del mantel. La casa se llenó del rumor...

La bendición en la puerta.

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Aquella mañana de domingo en Maracay, el sol entraba a raudales por las ventanas del apartamento de mi tía. La luz caía como un río lento sobre las paredes, mientras en la cocina se levantaba el rumor del aceite y el vapor de las ollas, ese concierto doméstico que anuncia el mediodía. Ella se esforzaba en atendernos como siempre: enderezaba el mantel con manos suaves, acomodaba los vasos con un cuidado antiguo, como si en cada gesto se jugara algo más que la simple rutina. Era su manera de resistir: sostener el mundo con los ritos sencillos de la casa. Nos sentamos a la mesa: mi tía, su hija, mi tío, su esposa y yo. El pan, el arroz, el pollo dorado… todo lo sencillo adquiría allí un brillo secreto. Conversamos, y las palabras flotaban como hojas en un río tranquilo, arrastradas por una corriente invisible que ya nos alejaba. Al acercarse la hora del regreso, mi tía caminó con nosotros hasta la puerta del edificio. Allí me abrazó. Fue un abrazo de esos que parecen iguales a todos, pero...