La bendición en la puerta.


Aquella mañana de domingo en Maracay, el sol entraba a raudales por las ventanas del apartamento de mi tía. La luz caía como un río lento sobre las paredes, mientras en la cocina se levantaba el rumor del aceite y el vapor de las ollas, ese concierto doméstico que anuncia el mediodía.

Ella se esforzaba en atendernos como siempre: enderezaba el mantel con manos suaves, acomodaba los vasos con un cuidado antiguo, como si en cada gesto se jugara algo más que la simple rutina. Era su manera de resistir: sostener el mundo con los ritos sencillos de la casa.

Nos sentamos a la mesa: mi tía, su hija, mi tío, su esposa y yo. El pan, el arroz, el pollo dorado… todo lo sencillo adquiría allí un brillo secreto. Conversamos, y las palabras flotaban como hojas en un río tranquilo, arrastradas por una corriente invisible que ya nos alejaba.

Al acercarse la hora del regreso, mi tía caminó con nosotros hasta la puerta del edificio. Allí me abrazó. Fue un abrazo de esos que parecen iguales a todos, pero que llevan en su interior la semilla de lo irrepetible. Luego, con la cadencia de un rito aprendido desde siempre, me echó la bendición: “Dios te cuide”. Sus palabras se quedaron suspendidas en el aire, como si fueran un hilo de luz atado a mis hombros.

Cuando el carro arrancó, volteé la mirada. Ella permanecía de pie en la entrada, con mi prima a su lado. Era una imagen simple y, sin embargo, me alcanzó con la fuerza de lo definitivo: el vestido agitándose levemente con la brisa, la figura quieta recortada contra la luz, el silencio de la despedida. Todo quedó detenido, como si el tiempo hubiera querido grabar esa estampa en mi memoria para siempre.

Con los días comprendí que lo eterno se esconde en esas pequeñeces: el vaso servido, el mantel alisado, la bendición pronunciada en voz baja. No son cosas menores; son semillas de eternidad. Y aunque me duela no haberla abrazado con más fuerza, lo que quedó es eterno: esa bendición en la puerta, esa figura en la distancia, ese instante mínimo donde se escondía, sin que yo lo supiera, toda la grandeza de la vida.


(En memoria de mi tía Neria,

cuyo abrazo, su bendición y su ternura sencilla

quedarán siempre sembrados en mi corazón).


Aldo Rojas Padilla.

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