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La Ceremonia del Reloj de Arena

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  El día en que cumplió cincuenta y tres años, Andrés dio vuelta el reloj de arena como todos los años, y por primera vez en medio siglo, la arena se negó a caer. No fue un atasco, no fue una falla en el vidrio soplado que su padre había traído de no se sabe qué viaje. Fue una suspensión, una desobediencia física tan íntima que Andrés sintió un vértigo de orfandad. El reloj estaba lleno en su cámara superior, intacto, pero los granos se apelmazaban contra el cuello de cristal como un ejército en desobediencia civil. Movió el artefacto con suavidad, luego con brusquedad. Nada. La arena era una montaña amarillenta e inmóvil. Fue entonces cuando, acercando los ojos al cristal curvo, vio que no era arena. Eran instantes. Minúsculas esferas de luz opalina, y dentro de cada una, como en una cápsula de tiempo infinitesimal, latía una escena completa. En una distinguió, perfecto y reducido, el gesto de su madre apartándose el pelo de la frente un mediodía de verano. En otra, la textura exa...

La habitación de las tres y siete.

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    El despertador marcaba las 2:58 a.m. cuando mis párpados se abrieron como compuertas herrumbrosas. No hubo transición, solo ese salto seco de la nada al aquí. Ya estaba sentada en el borde de la cama, los pies buscando las zapatillas de fieltro gastado en la penumbra. Tres años, dos meses, catorce días. Tres años, dos meses, catorce días esperando las 3:07.   El apartamento olía a polvo quieto y a café de ayer. Caminé hacia el pasillo, los dedos rozando la pared como un ciego que reconoce su jaula. Todo estaba donde siempre: el jarrón chino con su grieta secreta, el espejo del perchero empañado por mis propios alientos nocturnos. Pero yo no iba hacia el baño, ni a la cocina. Iba hacia la puerta que no estaba. Hasta que estaba.   A las 3:06 y treinta segundos, el aire frente al armario empotrado empezó a espesarse. No era una aparición brusca; era como cuando la plata del viejo revelador fotográfico empieza a fijar la imagen en el papel blanco: primero u...

El eco entre las grietas.

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El eco de las ausencias es lo que más duele.   No las paredes descascaradas, ni las ventanas ciegas,   sino ese zumbido sordo en las entrañas del pasillo   donde antes resonaban los "buenos días" con olor a café.   Entro. La humedad se me adhiere a la piel como un reproche.   ¿Quién abandona a quién? La escalera cruje un idioma olvidado bajo mis pies.   En el descanso, una mancha de sol descolorido   —igual que aquella tarde cuando lloré sin que nadie viera—   se aferra al yeso como un recuerdo terco.   Abro la puerta de lo que fue mi cuarto.   El viento ha desordenado el polvo sobre el suelo.   Juega a ser dueño de lo que el tiempo dejó atrás:   una muñeca sin ojo, la sombra de un póster despegado,   el clavo solitario que sostenía sueños.   "Aquí estuve", susurro.   "Aquí fui", responde el silencio,   con voz de grieta que se e...