El amanecer de Bruno.
Todos los amaneceres, sin falta, el hombre salía con su perro. La calle aún dormitaba, ajena a ese ritual que se repetía con la precisión de un mecanismo de relojería suiza. Él, Arturo, con su abrigo color tabaco y las manos hundidas en los bolsillos, y Bruno, un pastor alemán de mirada antigua y pelaje que olía a tierra mojada y a algo más, algo que los vecinos no alcanzaban a nombrar cuando los veían pasar tras los vidrios empañados de sus ventanas. No era un paseo cualquiera. Arturo no tiraba de la correa; era Bruno quien marcaba el ritmo, una caminata pausada y ceremonial, como si siguieran un camino invisible en el aire frío de la mañana. Repetían siempre la misma ruta: desde la puerta de su casa de madera oscura, bajaban por la calle Pavía, doblaban en la esquina del almacén de don Anselmo (cerrado aún, con sus persianas bajas como párpados cansados), y se internaban en el parque de los Tilos. Allí, justo donde la neblina se enredaba entre las ramas formando fantasmagorías transi...