Llamada entrante.
El timbre del teléfono me arrancó de un sueño intranquilo. Parpadeé en la oscuridad, desorientada. ¿Quién podía llamar a las 3:17 de la madrugada? Me incorporé con torpeza, tanteando en la mesilla de noche. La pantalla brilló, cegándome un instante. Y entonces, la vi. Llamada entrante: Elena Vásquez. Mi propio nombre. Mi propio número. Un error del sistema, pensé. Una broma de esas aplicaciones que falsifican identidades. Dejé que cayera al buzón de voz y me tumbé de nuevo, el corazón aún acelerado. Diez segundos después, volvió a sonar. La misma pesadilla luminosa: Elena Vásquez. La ansiedad, como una lámina de hielo, comenzó a treparme por la piel. Deslicé el dedo para contestar y llevé el aparato a la oreja. —¿Hola? —mi voz sonó ronca, arrastrada por el sueño. Al otro lado, nada. Solo un silencio compacto, expectante. Estaba a punto de colgar cuando lo escuché. Un susurro raspado, jadeante, como si quien hablara lo hiciera con el último aliento. «No hagas ruido.» Me quedé inmóvil. E...