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Los Administradores del Vacío

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El presidente del Concejo Municipal de Terecay llegó a la sesión ordinaria con una carpeta azul debajo del brazo. Dentro de la carpeta no había nada, pero la sostenía con la gravedad de quien carga un tratado de paz. "Ciudadanos", dijo, y esperó a que el silencio le confirmara su propia importancia. "Ciudadanos, el problema del acueducto tiene solución." Aplausos. Tres personas, pero aplausos. Nadie preguntó cuál era la solución, porque todos sabían que la solución era la misma de siempre: una comisión. Se nombraría una comisión que estudiaría el problema, redactaría un informe, elevaría el informe a quien correspondiera, y esperaría respuesta. La respuesta nunca llegaba, pero eso no importaba porque para entonces ya habría otro problema, otra sesión, otra carpeta azul. El vicepresidente del Concejo tomó la palabra para aclarar que él también tenía una propuesta. Su propuesta era crear, dentro de la comisión, una subcomisión. La subcomisión tendría carácter consulti...

El lúcido de la plaza

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  Nadie sabía con certeza cuándo había llegado Prudencio a la plaza de Terecay, ni de dónde. Lo cierto es que llevaba tanto tiempo bajo el samán del centro que el árbol y él parecían haber crecido juntos, como dos formas distintas de la misma raíz. Dormía sobre un cartón doblado con la parsimonia de quien hace de la intemperie una costumbre, y se cubría con un saco de yute que olía a lluvia vieja y a tierra de sabana Los perros del pueblo lo conocían. Las gallinas lo rodeaban sin miedo. Los niños, a veces, le dejaban trozos de mango cerca de la banqueta, más por curiosidad que por caridad. El pueblo lo llamaba el Loco, pero lo decían sin maldad, con esa familiaridad resignada con que se nombra lo que no se entiende. Lo que sí era innegable es que Prudencio miraba. Miraba con una fijeza que incomodaba. Sus ojos —dos piedras oscuras y quietas, como los pozos de agua que se forman en el llano después de la tormenta— no se perdían en el vacío como los ojos de los locos de las historias...