Los Administradores del Vacío


El presidente del Concejo Municipal de Terecay llegó a la sesión ordinaria con una carpeta azul debajo del brazo. Dentro de la carpeta no había nada, pero la sostenía con la gravedad de quien carga un tratado de paz.

"Ciudadanos", dijo, y esperó a que el silencio le confirmara su propia importancia. "Ciudadanos, el problema del acueducto tiene solución."

Aplausos. Tres personas, pero aplausos.

Nadie preguntó cuál era la solución, porque todos sabían que la solución era la misma de siempre: una comisión. Se nombraría una comisión que estudiaría el problema, redactaría un informe, elevaría el informe a quien correspondiera, y esperaría respuesta. La respuesta nunca llegaba, pero eso no importaba porque para entonces ya habría otro problema, otra sesión, otra carpeta azul.

El vicepresidente del Concejo tomó la palabra para aclarar que él también tenía una propuesta. Su propuesta era crear, dentro de la comisión, una subcomisión. La subcomisión tendría carácter consultivo. El carácter consultivo significaba que podía opinar sin obligación de ser escuchada, lo cual, observó con satisfacción, le daba mayor libertad de acción.

Hubo debate. El debate duró cuarenta minutos y giró principalmente en torno a si la subcomisión debía llamarse "subcomisión" o "mesa técnica". Alguien propuso "grupo de trabajo". Otro sugirió "espacio de articulación". Una señora al fondo, que había cruzado medio pueblo desde más allá del samán para preguntar cuándo iba a haber agua, se levantó y se fue.

Al final acordaron llamarla "instancia de seguimiento y acompañamiento", que sonaba a algo sin ser nada, que es exactamente lo que necesitaban.

El secretario levantó acta. El acta consignaba que se había celebrado una sesión productiva, con alta participación ciudadana y resoluciones concretas. El acta sería archivada junto a las dieciséis actas anteriores, todas igualmente productivas, todas igualmente archivadas.

Antes de levantar la sesión, el presidente recordó que el próximo mes había elecciones para renovar las autoridades del Concejo. Él mismo, dijo con modestia calculada, no tenía ambiciones personales. Solo continuaría si el pueblo lo necesitaba. El pueblo de Terecay, representado en ese momento por nueve personas y un perro que se había colado por la puerta, guardó silencio. El presidente interpretó el silencio como un mandato.

Salió con la carpeta azul bajo el brazo.

Adentro, todavía nada.

Afuera, todavía sin agua.

Aldo Rojas Padilla.

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