El día que la tierra aguardó (Curpa, 1790).
El sol, como un hacha al rojo, hendía la llanura. El aire, espeso y vibrante, olía a polvo caliente, a boñiga seca, a la promesa lejana de agua en el cauce del río. Yo estaba allí, bajo la sombra raquítica de un cují, tratando de escapar al rigor de junio, ese mes que aquí aprieta las entrañas hasta sacarles jugo. Curpa, un puñado de casas de bahareque y techo de palma, dormitaba. O fingía dormitar. Había un zumbido sordo, un rumor como de colmena inquieta, que no venía solo de las chicharras. En la casa de los Páez, junto a la plaza polvorienta, el trajín era distinto. Doña María, la comadrona, había entrado apresurada al amanecer, su canasta de telas y hierbas golpeándole la cadera con un ritmo de tambor secreto. Juan Victorio, el padre, hombre de pocas palabras y manos como raíces de árbol, iba y venía del pozo, cada vez con el cántaro más lleno y la frente más surcada de preocupación. Se paraba un instante, miraba al cielo implacable, y luego seguía, sus alpargatas levantando n...