El peso de los centavos.
El vacío en el estómago de Santiago no era silencio. Era un pozo sin fondo que gimoteaba, un animal raro y desdentado que roía sus entrañas con insistencia monótona. La pobreza, esa vieja conocida que antes se sentaba discretamente en un rincón, ahora ocupaba toda la casa, desparramando su olor a polvo, a resignación agria. Había días – días blancos, los llamaba él en su cabeza, aunque nadie lo llamaba así – en que la luz del sol filtrándose por la ventana sucia parecía un insulto. Demasiado brillo para tanta oscuridad interior. Recorrió la cocina por enésima vez. Los dedos, delgados como ramitas secas, acariciaron la alacena vacía. Tocaron el frío del mármol, el metal oxidado de la cacerola olvidada. Solo quedaban migajas de dignidad y el eco de los platos que alguna vez llenó. Afuera, la ciudad bramaba su rutina ajena: el traqueteo de los autobuses, risas lejanas que sonaban como cristal roto. Cada ruido era un recordatorio de lo que no era suyo. Sacó las monedas del bolsillo del pan...