El peso de los centavos.
El vacío en el estómago de Santiago no era silencio. Era un pozo sin fondo que gimoteaba, un animal raro y desdentado que roía sus entrañas con insistencia monótona. La pobreza, esa vieja conocida que antes se sentaba discretamente en un rincón, ahora ocupaba toda la casa, desparramando su olor a polvo, a resignación agria. Había días – días blancos, los llamaba él en su cabeza, aunque nadie lo llamaba así – en que la luz del sol filtrándose por la ventana sucia parecía un insulto. Demasiado brillo para tanta oscuridad interior.
Recorrió la cocina por enésima vez. Los dedos, delgados como ramitas secas, acariciaron la alacena vacía. Tocaron el frío del mármol, el metal oxidado de la cacerola olvidada. Solo quedaban migajas de dignidad y el eco de los platos que alguna vez llenó. Afuera, la ciudad bramaba su rutina ajena: el traqueteo de los autobuses, risas lejanas que sonaban como cristal roto. Cada ruido era un recordatorio de lo que no era suyo.
Sacó las monedas del bolsillo del pantalón, desgastado hasta la transparencia en los muslos. Las contó sobre la mesa, una por una, con la meticulosidad de un relojero ciego. 'Clink. Clink.' Sonaban a poco. A muy poco. El cálculo era viejo, una ecuación gastada: pan o leche. Jamás 'y'. Hoy, quizás, ni siquiera eso. La carne se le pegaba a los huesos bajo la camisa holgada, una camisa que ahora le bailaba como un traje de payaso triste.
"Hay que moverse, Santiago," se dijo, la voz un susurro áspero en la garganta seca. Hablar solo era otro lujo que se permitía. Afuera, el aire húmedo le pegó en la cara como un paño sucio. Caminaba con pasos cortos, medidos, como si cada zancada consumiera una gota más de energía de la que le quedaba. El cuerpo le pesaba, un fardo extraño que arrastraba. Los edificios altos se inclinaban sobre él, amenazantes gigantes de cemento y ventanas ciegas. 'Como huesos de algún animal enorme', pensó. 'Y yo, una pulga perdida entre ellos'.
La vitrina del pequeño supermercado de la esquina era una ventana a otro planeta. Frutas apiladas en pirámides perfectas, rojas, amarillas, verdes, gritando de vida. El aroma a pan recién horneado le dio un vuelco al estómago, un dolor agudo y hondo que le hizo cerrar los ojos un instante. Respiró hondo, tragando saliva espesa. 'Fuerza', se ordenó. Empujó la puerta. El tintineo del timbre sonó como una alarma en sus oídos.
Dentro, las luces fluorescentes le punzaron los ojos. Todo era demasiado brillante, demasiado lleno. Las caras de la gente, absortas en sus compras, le parecieron máscaras de satisfacción que no podía comprender. Se dirigió al pasillo de las conservas, arrastrando los pies sobre el linóleo brillante. Sus manos temblaban ligeramente al tomar una lata pequeña de sardinas en aceite. La eligió no por gusto, sino porque era la más barata de todas: el aceite se filtraba por una abolladura en la tapa, manchándole los dedos con un brillo viscoso. Un olor a pescado rancio y salitre —como el muelle abandonado de su infancia— le subió a las fosas nasales. La sostuvo como un talismán siniestro. 'Proteínas', pensó, aunque la palabra le sonó a limosna disfrazada.
En la fila de la caja, el olor a sardina le envolvía las manos como un recordatorio humillante. Sudaba frío. La mujer delante de él pagó con billetes nuevos, crujientes. El cajero, un muchacho con acné y una sonrisa ausente, pasó sus productos con un 'bip' indiferente. Llegó su turno. Santiago colocó la lata con un cuidado exagerado sobre la banda transportadora. Una gota de aceite amarillento quedó marcada en el plástico negro. Luego, vació sus monedas con un ruido sordo y patético.
El cajero las contó rápido, mecánico. Alzó la vista, un leve ceño frunciendo su frente joven. Su nariz se arrugó apenas al percibir el olor a pescado.
"Señor... esto no alcanza. Faltan veinte centavos."
El mundo se detuvo. El zumbido de las neveras se convirtió en un rugido. El vacío en su estómago se abrió como un abismo. Veinte centavos. Un puñado de nada. Un océano.
"¿Faltan?" Repitió Santiago, la voz apenas un hilillo de aire. Los dedos, ahora grasientos y pegajosos, se cerraron sobre el borde de la caja, blancos de la presión. Miró la lata: esa pequeña prisión de metal donde nadaban los peces muertos, ridículos e inalcanzables. La vergüenza le quemó las orejas, le subió por el cuello como lava. ¿Devolverla? ¿Admitir ante todos, ante ese chico, ante sí mismo, que ni siquiera podía pagar una mísera lata de sardinas abollada?
"Lo siento, señor," insistió el cajero, su tono ahora ligeramente incómodo. Alguien tosió detrás de él. Santiago no se atrevió a mirar.
"Ah... sí. Claro." Las palabras le salieron pastosas. Tomó la lata, su superficie grasienta ardiendo bajo sus dedos. La devolvió al mostrador dejando un rastro aceitoso. "Otra vez será." La frase sonó hueca, falsa, como un epitafio grabado en aire.
Giró. Cada paso hacia la salida fue un esfuerzo titánico. Sentía las miradas clavadas en su espalda, imaginarias o no, ardían. El tintineo del timbre al abrir la puerta fue la campana de su derrota. Afuera, la luz del sol le golpeó con saña. Se apoyó contra la pared fría del edificio, respirando con dificultad. El ruido de la ciudad volvió a inundarlo, pero ahora era solo un muro de sonido impenetrable. Se miró las manos: las yemas de los dedos brillaban pegajosas, impregnadas del olor a derrota y sardinas baratas. Frotó contra el pantalón, pero la grasa no salía. Era una mancha que llevaría consigo.
Miró sus manos vacías. Solo quedaban las huellas del metal en la yema de los dedos y el sabor amargo de la impotencia, más agudo, más desgarrador que cualquier hambre. El vacío ya no solo estaba en su estómago. Era más grande. Era el mundo entero. Respiró hondo, un suspiro que le tembló desde lo más profundo. Aire. Solo aire. Empezó a caminar, sin rumbo, arrastrando su sombra alargada y frágil sobre el pavimento caliente. La tarde era larga. Muy larga. Y el pozo, dentro, seguía gimiendo.
Aldo Rojas Padilla.

Comentarios
Publicar un comentario