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La partida en la azotea del mundo.

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Los viejos jugaban ajedrez cada tarde en la terraza más alta del barrio. Don Rómulo, con su bastón de cerezo apoyado en la silla, y el profesor Salinas, ajustándose los lentes empañados por el calor. El tablero era de madera clara, las piezas desgastadas como huesos de fruta, cada una con la impronta de mil batallas silenciosas. Empezó un martes. El aire era denso, como si una tormenta invisible se gestara. El alfil negro avanzó dos casillas sin que nadie lo tocara, deslizándose con una fluidez inquietante. Don Rómulo palideció, el eco de esa mañana resonando en sus oídos: el panadero de la esquina, el de la sonrisa perpetua y las manos enharinadas, había desaparecido sin dejar rastro. —Moviste mal —dijo Salinas, su voz apenas un murmullo, pero su mano tembló al tomar el peón blanco, como si el mármol de la plaza se hubiera vuelto quebradizo bajo sus dedos. Al día siguiente, el sol era un ojo insidioso. La reina blanca protegió al caballo con un movimiento tan preciso que heló la sangr...