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Esa noche

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  La noche era cristalina, de esas que parecen pulidas a mano. El sonido de las ranitas caraqueñas lo envolvía todo, una respiración constante que no interrumpía nada, que simplemente estaba ahí, como está el aire o la oscuridad tibia de las noches de estudiantes. Estábamos sentados muy cerca, ella y yo, con esa proximidad que ya no necesita explicarse. Le tomé la mano. No la solté en ningún momento, como si soltarla fuera a romper algo que ambos sabíamos frágil y, sin embargo, completamente seguro. La miré largo rato antes de besarle la mirada. No los párpados, no la piel: la mirada misma, ese lugar exacto donde ella se asomaba entera, sin guardarse nada. Hay besos que se dan en la boca y hay besos que se dan en lo que alguien está pensando, en lo que alguien está sintiendo en ese instante preciso. Aquel fue de los segundos. Ella no dijo nada. No hacía falta. Las ranitas coqui seguían cantando, indiferentes a nosotros, y esa indiferencia era extrañamente reconfortante: el mundo se...

Astilla Nocturna.

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Ahí.   La hendieron las ramas negras.   La colgaron —pedazo de vidrio molido, frío—   en el follaje espeso. Blanca.   Demasiado blanca.   ¿Sangra esa luz?   Se clava en los ojos.   Se filtra —aguja glacial—   hasta el tuétano del aire quieto. Toco la corteza.   Raspa los dedos.   El árbol es hueso viejo bajo la luna.   Y la luna...   hueso frío   clavado en el pecho.   ¡Ah!   Blanca,   tan blanca   que quema   sin herida sangra. Aldo Rojas Padilla.