Esa noche

 


La noche era cristalina, de esas que parecen pulidas a mano. El sonido de las ranitas caraqueñas lo envolvía todo, una respiración constante que no interrumpía nada, que simplemente estaba ahí, como está el aire o la oscuridad tibia de las noches de estudiantes.

Estábamos sentados muy cerca, ella y yo, con esa proximidad que ya no necesita explicarse. Le tomé la mano. No la solté en ningún momento, como si soltarla fuera a romper algo que ambos sabíamos frágil y, sin embargo, completamente seguro.

La miré largo rato antes de besarle la mirada. No los párpados, no la piel: la mirada misma, ese lugar exacto donde ella se asomaba entera, sin guardarse nada. Hay besos que se dan en la boca y hay besos que se dan en lo que alguien está pensando, en lo que alguien está sintiendo en ese instante preciso. Aquel fue de los segundos.

Ella no dijo nada. No hacía falta. Las ranitas coqui seguían cantando, indiferentes a nosotros, y esa indiferencia era extrañamente reconfortante: el mundo seguía su curso mientras nosotros nos quedábamos quietos en mitad de él, suspendidos, como si hubiéramos encontrado una grieta en el tiempo solo para los dos.

No sé cuánto duró. No sé si la pregunta tiene sentido, porque algunas noches no se miden en minutos sino en la cantidad de veces que el corazón decide quedarse callado. Esa fue una de esas noches. Y de todas las cosas que han pasado después, esa quietud compartida sigue siendo, todavía, el lugar al que vuelvo cuando pienso en lo que fue quererla bien.

Aldo Rojas Padilla.


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