Continuidad de la bruma



Nadie hubiera dicho que ese lugar aceptaba la intrusión de un encaje negro. La montaña, con esa geometría brutal de los Cairngorms o tal vez de Glencoe, imponía su propia dictadura de musgo y piedra mojada, un estatuto de grises donde lo humano suele ser apenas una mancha discordante. Y sin embargo, ella estaba ahí.

‎No miraba a la cámara, por supuesto. Eso hubiera sido vulgar, una concesión al turismo de la melancolía. Miraba hacia un punto indeterminado donde la niebla decide si sube o si baja, vestida con esa transparencia oscura que parecía menos una prenda y más una cicatriz sobre la piel pálida. El viento le desordenaba el pelo con la confianza de un amante viejo, y yo, desde este lado de la pantalla (o tal vez desde el otro lado del tiempo, es difícil saber dónde empieza el aquí y termina el allá), sentía el frío en los huesos.

‎Había un hombre alejándose. Siempre hay alguien que se aleja en estas historias, una figura diminuta devorada por la inmensidad parda del valle. Caminaba con la resignación de quien sabe que la distancia es una invención inútil porque la montaña es un bucle. Él creía que se iba, que dejaba atrás la casa de piedra y a la mujer de negro; creía en la linealidad de sus pasos. 

‎Lo inquietante no era el paisaje, ni la casa solitaria que parecía haber brotado del suelo como un hongo de granito. Lo terrible era la quietud de ella. Era una quietud activa, una espera que tensaba el aire.

‎Yo observaba el video una y otra vez, buscando el error, la grieta en la realidad. ¿Por qué el encaje no se empapaba? ¿Por qué el hombre no se daba vuelta?

‎Entonces ocurrió el deslizamiento, ese parpadeo de la lógica que tanto tememos al apagar la luz.

‎Al detener la imagen en el segundo exacto en que ella gira el rostro, comprendí el mecanismo de la trampa. No era un video sobre una despedida. El hombre que caminaba hacia la niebla no se estaba yendo. Estaba huyendo. Y lo más espantoso no era su huida, sino su futilidad.

‎Porque al mirar con atención la figura que se alejaba, reconocí la andadura, la inclinación de los hombros, la chaqueta oscura. El hombre que caminaba allá abajo, condenado a no llegar nunca a la cima, era yo mismo. Y ella, con su vestido de fiesta fúnebre en medio de la nada, no estaba recordando. Me estaba soñando.

‎Y mientras ella no despierte, yo tendré que seguir caminando hacia esa niebla que nunca termina.

Aldo Rojas Padilla.

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