El eco que me habita.
Hay días en que la vida se reduce a una fisura. No es tristeza, no es dolor: es el peso de lo que no está. Este poema nació en una madrugada sin luna para darle forma al vacío que a veces habita en mi pecho. Para convertir en geografía lo que solo era un abismo sin nombre. Porque hay heridas que no sangran, sino que devoran la luz. No es un grito. Es el eco de algo que se perdió hace tiempo, y aún resuena en cada paso que doy bajo el sol.