La fuente del eco.
En la cima de un pueblo que se derramaba sobre un valle inmenso, la Fuente del Eco era más que un simple manantial. Su agua, pura y fría, aplacaba la sed, cierto, pero su verdadero don era el eco. Cada palabra que allí se pronunciaba, cada risa que se escapaba o cada pena que se confiaba al viento, regresaba del valle con nitidez asombrosa. Era su caja de resonancia, un espejo acústico que devolvía la verdad de lo dicho, sin filtros ni adornos. Los habitantes acudían al alba y al ocaso para beber, escucharse y cotejar sus verdades con el eco del mundo. Las disputas se resolvían no con gritos, sino esperando la voz que regresaba, despojada de la furia original, revelando el peso genuino de cada palabra. Un día, un mercader de tierras lejanas llegó con un artilugio que prometía maravillas. Era un pequeño aparato metálico, brillante y de bordes suaves, que llamaba "Manantial Portátil". Aseguraba ofrecer agua al instante, en cualquier lugar, y lo más tentador: un eco inmediato de...