La fuente del eco.
En la cima de un pueblo que se derramaba sobre un valle inmenso, la Fuente del Eco era más que un simple manantial. Su agua, pura y fría, aplacaba la sed, cierto, pero su verdadero don era el eco. Cada palabra que allí se pronunciaba, cada risa que se escapaba o cada pena que se confiaba al viento, regresaba del valle con nitidez asombrosa. Era su caja de resonancia, un espejo acústico que devolvía la verdad de lo dicho, sin filtros ni adornos. Los habitantes acudían al alba y al ocaso para beber, escucharse y cotejar sus verdades con el eco del mundo. Las disputas se resolvían no con gritos, sino esperando la voz que regresaba, despojada de la furia original, revelando el peso genuino de cada palabra.
Un día, un mercader de tierras lejanas llegó con un artilugio que prometía maravillas. Era un pequeño aparato metálico, brillante y de bordes suaves, que llamaba "Manantial Portátil". Aseguraba ofrecer agua al instante, en cualquier lugar, y lo más tentador: un eco inmediato de cualquier voz, sin la demora del valle. La novedad fue seductora. La gente, ávida de comodidad, comenzó a adquirir el Manantial Portátil. ¿Para qué subir hasta la fuente pudiendo tener el eco y el agua en la palma de la mano?
Pronto, el valle enmudeció. La Fuente del Eco, solitaria, apenas recibía visitas. Cada habitante, inmerso en el eco de su propio aparato, dejaba de oír los ecos ajenos. Los Manantiales Portátiles, si bien daban un eco veloz, eran caprichosos: a veces amplificaban una palabra hasta desfigurarla, otras añadían ruidos extraños o mezclaban voces sin concierto. La verdad que antes volvía diáfana del valle, ahora se transformaba en un murmullo fragmentado, un coro de voces repetidas, pero desvirtuadas. La risa ya no volvía completa, el lamento se oía como queja vacía.
Y mientras el valle enmudecía, una sed diferente empezó a crecer en el pecho de cada habitante. El agua del Manantial Portátil, aunque a mano, tenía un sabor metálico y levemente turbio, y no saciaba del todo. Aquel eco rápido, en lugar de conectar, generaba extrañeza y distancia. Era un vacío, una ausencia de la resonancia verdadera, de esa confirmación fiel que solo la Fuente del Eco podía ofrecer. Las disputas, antes templadas por la espera del eco, estallaban ahora en gritos que chocaban contra los espejismos de sus aparatos, dejando grietas que ya nadie sabía reparar. En las mañanas más quietas, algunos, junto a sus ventanas, creían percibir un leve susurro bajando del valle vacío. Pero solo era el silencio, más pesado y sediento que el vacío.
Aldo Rojas Padilla.

Comentarios
Publicar un comentario