La Medida Exacta de Nuestros Días.
El polvo danzaba. No era el enemigo vago y gris que la gente suele barrer con fastidio, sino una constelación de motas doradas que se alzaba perezosa bajo cada pasada de la escoba de cerdas desgastadas. Él la movía con un ritmo de péndulo, un vaivén que era casi un mantra, dibujando surcos perfectos y efímeros en el piso de cemento pulido. Desde su mecedora, un artefacto de madera que cantaba una canción de quejidos y suspiros, ella lo observaba. No decía nada. No hacía falta. En sus ojos, un lago quieto de tiempo acumulado, se reflejaba la operación entera como el acto sagrado que era: la purificación del pequeño universo que compartían. Las mañanas empezaban con el agua hervida para el café. No era una cafetera eléctrica, sino una pequeña olla de aluminio abollada que cantaba en el fogón de leña. El aroma a merecure quemado se mezclaba con el perfume áspero y familiar del grano recién colado en la manga de tela. Él preparaba dos tazas, la de ella amarga como la tarde, la de él,...