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El eco que me habita.

Hay días en que la vida se reduce a una fisura.   No es tristeza, no es dolor: es el peso de lo que no está.   Este poema nació en una madrugada sin luna para darle forma al vacío que a veces habita en mi pecho.   Para convertir en geografía lo que solo era un abismo sin nombre.   Porque hay heridas que no sangran, sino que devoran la luz.   No es un grito. Es el eco de algo que se perdió hace tiempo,   y aún resuena en cada paso que doy bajo el sol.  

El eco entre las grietas.

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El eco de las ausencias es lo que más duele.   No las paredes descascaradas, ni las ventanas ciegas,   sino ese zumbido sordo en las entrañas del pasillo   donde antes resonaban los "buenos días" con olor a café.   Entro. La humedad se me adhiere a la piel como un reproche.   ¿Quién abandona a quién? La escalera cruje un idioma olvidado bajo mis pies.   En el descanso, una mancha de sol descolorido   —igual que aquella tarde cuando lloré sin que nadie viera—   se aferra al yeso como un recuerdo terco.   Abro la puerta de lo que fue mi cuarto.   El viento ha desordenado el polvo sobre el suelo.   Juega a ser dueño de lo que el tiempo dejó atrás:   una muñeca sin ojo, la sombra de un póster despegado,   el clavo solitario que sostenía sueños.   "Aquí estuve", susurro.   "Aquí fui", responde el silencio,   con voz de grieta que se e...