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Mostrando las entradas etiquetadas como Aldo Rojas Padilla

El hombre que perdió su sombra.

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Por un momento, pensé que era cosa de la luz, de ese sol oblicuo y tramposo de las mañanas de otoño. Me detuve frente a la vidriera de la ferretería, buscando mi reflejo entre martillos y serruchos, y no lo encontré. O mejor dicho, me encontré a mí mismo, la cara de sueño, la corbata mal anudada, pero abajo, donde debería estirarse una mancha oscura y familiar, solo había el gris impecable del cemento. Me volví, alarmado. La gente pasaba a mi lado y sus sombras, largas y bailarinas, se enredaban en sus talones. Yo arrastraba… nada. Una transparencia absoluta. Toqué mi cuerpo, mis piernas; estaba ahí, sólido, tangible. Pero la prueba fundamental, la evidencia de que era un objeto interceptando la luz, había desertado. El primer día fue una incómoda anécdota. En la oficina, mi jefe, el señor Dimas, frunció el ceño cuando me vio pasar frente a su despacho. —Aznar, ¿le pasa algo? —No, señor. ¿Por qué? —No sé. Se ve… raro. Como si faltara algo. Nadie lo mencionaba directamente, pero sentía ...

El Testigo de Barro y Ternura.

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Valencia, a mediados del siglo XX, olía a café recién colado y a tierra húmeda del lago. Por las calles de polvo y sol, donde las tapias encerraban jardines de mangos y merey, se empezaba a sentir el jadeo de la modernidad, pero el ritmo aún lo marcaba el tranco pausado de las bestias. En una de esas casas de corredor amplio, vivía la familia de don Luis, un hombre de carácter jovial y de una palabra tan firme como los samanes del camino real. A su hermano, el tío Renato, hombre recio y de pocas pero certeras palabras, le unía una amistad inquebrantable con don Humberto, dueño de una pequeña finca en las afueras. Cuando la joven esposa de don Luis anunció su preñez, la alegría fue general. Don Humberto, en un gesto de pura camaradería, le prometió a Renato: “Al niño que nazca, le regalo el mejor potrillo de la camada de ‘Relámpago’. Será un buen compañero”. La vida, sin embargo, tiene sus meandros imprevistos. La partera sacó a la luz no a un niño robusto, sino a una niña de ojos vivos...

El Huésped Sólido.

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  El vacío no era, como podría suponerse, una ausencia. Para Andrés, había adquirido la consistencia de un huésped. Un huésped que no llegó un día, sino que simplemente se hizo evidente, como una mancha de humedad en la pared que siempre estuvo ahí, pero que la luz de una mañana particular revela de pronto con una claridad obscena. Al principio era una levedad en el centro del pecho, una ligereza incómoda, como si le hubieran extraído una costilla y en su lugar hubieran dejado una bolsa de aire frío. Con el tiempo, el huésped fue expandiéndose. Aprendió a colarse en los rituales cotidianos. Andrés bebía un café y, entre sorbo y sorbo, el vacío se instalaba en la taza, haciéndola más pesada, infinitamente pesada, como si contuviera plomo líquido. Encendía la radio y la música sonaba perfecta, melódica, pero el vacío se colaba entre las notas, creando un silencio paralelo que las devoraba por dentro. La gente notaba algo, claro. “Andás distraído, Andrés”, le decían. Él sonreía, un ge...

El coleccionista de ausencias.

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  ‎Te sientes en el umbral, una sombra más entre las sombras que la tarde dibuja en el rellano. La mano que busca en el bolsillo roza un puñado de metal frío, el tintineo familiar, la falsa seguridad del llavero. Pero algo no encaja. El tacto es distinto. Vacío. Un agujero negro donde debería estar la llave de la puerta, la tuya, la de este apartamento que crees tuyo. ‎Un escalofrío te sube por la espalda, no por el frío de la tarde sino por esa grieta que se abre de golpe en la rutina. ‎Siempre te fascinaron las llaves. No las que abren tu mundo, sino las ajenas, las huérfanas. Las coleccionas. Las encuentras en el parque, enterradas bajo las hojas secas, con ese óxido que huele a olvido y promesa rota. En los mercados de pulgas, entre cachivaches sin nombre, un puñado de hierro retorcido que alguna vez abrió una caja fuerte, un diario íntimo, una vida entera. Cada nueva adquisición es un pequeño triunfo, una reliquia de existencias tangenciales. Las guardas en un viejo cofre de c...

El último episodio de Polly y Parches.

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  ‎Danny Ortega llevaba tres semanas sin dormir cuando encontró el rollo. El sótano del Canal 7 olía a vinagre y a cintas oxidadas. Cada paso suyo hacía crujir el linóleo, como si algo respirara debajo. En la estantería D-9, entre un spot publicitario de un dentífrico que ya nadie fabricaba y un noticiero del terremoto del 85, descansaba un carrete de 16 mm marcado con cinta adhesiva amarilla: “PP-13: nunca emitir”. ‎No era la primera vez que Danny se quedaba hasta tarde. Desde que su mujer lo echó de casa —“Vives en tu mundo, Danny, y no precisamente conmigo”—, el canal se había convertido en su refugio. Llevó el viejo proyector a su cubículo de control, cargó el rollo, ajustó la tensión de la lámpara y apagó las luces. ‎Los primeros minutos eran idénticos a los que recordaba: la muñeca de trapo Polly saludando con su vestido de cuadros, mientras su perro Parches ladraba sin parar. Pero a los 4:37, la imagen se partió en bandas negras y reapareció la misma escena… con una diferenc...

Llamada entrante.

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El timbre del teléfono me arrancó de un sueño intranquilo. Parpadeé en la oscuridad, desorientada. ¿Quién podía llamar a las 3:17 de la madrugada? Me incorporé con torpeza, tanteando en la mesilla de noche. La pantalla brilló, cegándome un instante. Y entonces, la vi. Llamada entrante: Elena Vásquez. Mi propio nombre. Mi propio número. Un error del sistema, pensé. Una broma de esas aplicaciones que falsifican identidades. Dejé que cayera al buzón de voz y me tumbé de nuevo, el corazón aún acelerado. Diez segundos después, volvió a sonar. La misma pesadilla luminosa: Elena Vásquez. La ansiedad, como una lámina de hielo, comenzó a treparme por la piel. Deslicé el dedo para contestar y llevé el aparato a la oreja. —¿Hola? —mi voz sonó ronca, arrastrada por el sueño. Al otro lado, nada. Solo un silencio compacto, expectante. Estaba a punto de colgar cuando lo escuché. Un susurro raspado, jadeante, como si quien hablara lo hiciera con el último aliento. «No hagas ruido.» Me quedé inmóvil. E...

La Siesta Cósmica.

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El sol no calentaba; ejecutaba una sentencia. Sobre Terecay, había decidido derretir el poblado hasta reducirlo a un charco brillante de asfalto y nostalgia. Ramón, poeta de versos tan secos como la tierra agrietada de su patio, yacía en su hamaca como un héroe derrotado en el campo de batalla. El samán, otrora un gigante frondoso, parecía ahora un espectro de hojas mustias, ofreciendo una sombra tímida y llena de agujeros por donde se colaba la luz, afilada como un cuchillo. Sudar era un acto inútil. La humedad era tan espesa que el aire se bebía el sudor antes de que este pudiera enfriar la piel. Ramón cerró los ojos. Las gotas que le corrían por la sien no eran de agua, eran de pura resignación. Entonces, tuvo una epifanía: si el cuerpo no podía escapar, lo haría la mente. Su arma sería la voluntad. Su campo de batalla, el sueño. Con la solemnidad de un monje zen, comenzó su ritual. Respiró hondo, aspirando calor y expulsando derrota. "No estoy en Terecay", murmuró, y sus ...

El club de los relojes.

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Nadie en el edificio hablaba de otra cosa que no fueran relojes. El vecino del 3°B mostraba orgulloso su Omega que brillaba hasta en la penumbra; la señora del 4°A juraba que su Cartier no sólo daba la hora exacta, sino que además “adelgazaba la muñeca”; y el portero, sin excepción, exhibía un Casio digital con luces verdes que titilaban como si anunciara la llegada de una nave espacial. En las reuniones de condominio ya no se discutía sobre goteras ni ascensores rotos. La conversación giraba siempre hacia las manecillas, los mecanismos, las correas. Algunos habían perfeccionado el gesto de levantar el brazo con estudiada naturalidad, dejando que el reflejo del reloj impactara en el ojo ajeno como un latigazo de superioridad. Yo, con mi reloj barato comprado en la calle Florida, era el hazmerreír. Nadie me hablaba demasiado, salvo para preguntar con malicia: —Digame, vecino… ¿qué hora marca su reliquia? —Las siete y veinte —respondía yo, mirando mi muñeca sin vergüenza. Entonces venía...

El Banquete de los Espejos.

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  Los Duvalier habían vuelto a superarse. En el ático acristalado que dominaba la ciudad como un faro de vidrio y acero, Marguerite había orquestado su célebre "Cena de los Espejos Antiguos". La regla era clara, y los invitados, la flor y nata de la opulencia, la habían cumplido con devoción: cada uno traía consigo un espejo centenario, relicario de siglos pasados, y lo colocaba frente a su silla en la interminable mesa de ébano. Los espejos, solemnes y profundos, observaban el espectáculo. Y qué espectáculo. Sobre manteles de hilo irlandés, surgían platos que eran esculturas efímeras: torres de foie gras nebulizado con polvo de oro comestible, medusas translúcidas suspendidas en gel de caviar que emitían una fosforescencia inquietante, pétalos de orquídea negra criados en Dom Pérignon. El aire olía a trufa blanca y a vanagloria. Entre sorbo de Château Lafite 1787 y comentario despectivo sobre la última caída bursátil, los comensales reían, charlaban, se admiraban en sus prop...

El ronroneo de la sospecha.

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  Ayer, la verdad es que ayer por la tarde, me di cuenta. Algo tan simple, tan sutil, que uno puede pasarlo por alto durante años. Y, sin embargo, ahí estaba, escondido en la penumbra de la sala, entre la mesa de centro y el viejo sillón de terciopelo. Es por eso que esta mañana, al despertar, ya tenía mis conclusiones listas. No, no es una cuestión de si se ha movido o no la manecilla de mi reloj. Es una cuestión de tiempo, de cómo el tiempo mismo se ha doblado, se ha contorsionado y se ha escondido en el ronroneo del gato. Mi gato, Balthazar. Balthazar es un gato de esos que uno ve en las postales. Atigrado, con rayas de un suave marrón que se funden con un pelaje ocre, y unos ojos verdes que parecen dos esmeraldas líquidas. Un gato de esos que duermen doce horas seguidas, se estiran como si fueran de goma y, en un momento de furia, se convierten en una bola de pelo y garras. Pero lo que me desconcertó ayer fue su ronroneo. Un ronroneo que no era un ronroneo. Era una especie de z...

El eco de las teclas.

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  La máquina de escribir esperaba en el rincón como un perro fiel. Una Olivetti Lettera 32, verde aceituna, con teclas gastadas por mis dedos. La compré en el Mercado de las Pulgas un domingo lluvioso, cuando aún creía que las palabras podían salvar el mundo. Ahora sé que solo salvan pedazos del alma, esos que se despegan al rozar la realidad. Escribo de madrugada. El silencio es un aliado que bebe café conmigo mientras la ciudad ronca. Aquella noche, el cuento fluía: un hombre encontraba semillas de estrellas en los bolsillos de su gabardina. Pero al pasar a la página tres, la Olivetti empezó a tartamudear. Clac-clac... clic . Las teclas se hundían solas.  "...y supo que el colega había robado sus estrellas para adornar su mediocridad". Fruncí el ceño. Yo no había escrito eso. Toqué la línea con la yema del índice. La tinta estaba fresca, oliendo a menta y resentimiento. Al día siguiente, en el suplemento cultural, mi cuento apareció firmado por Renato Villegas. El muy chac...

La habitación de las tres y siete.

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    El despertador marcaba las 2:58 a.m. cuando mis párpados se abrieron como compuertas herrumbrosas. No hubo transición, solo ese salto seco de la nada al aquí. Ya estaba sentada en el borde de la cama, los pies buscando las zapatillas de fieltro gastado en la penumbra. Tres años, dos meses, catorce días. Tres años, dos meses, catorce días esperando las 3:07.   El apartamento olía a polvo quieto y a café de ayer. Caminé hacia el pasillo, los dedos rozando la pared como un ciego que reconoce su jaula. Todo estaba donde siempre: el jarrón chino con su grieta secreta, el espejo del perchero empañado por mis propios alientos nocturnos. Pero yo no iba hacia el baño, ni a la cocina. Iba hacia la puerta que no estaba. Hasta que estaba.   A las 3:06 y treinta segundos, el aire frente al armario empotrado empezó a espesarse. No era una aparición brusca; era como cuando la plata del viejo revelador fotográfico empieza a fijar la imagen en el papel blanco: primero u...

La brújula del corazón perdido.

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‎Marcos ajustó el nudo de la corbata —esa serpiente de seda estranguladora— frente al espejo del ascensor. Abajo lo esperaba el informe trimestral, cifras dormidas en carpetas grises. Pero al bajar al vestíbulo, algo crujió en su bolsillo derecho. No era la moneda para el café. Era la brújula.   ‎La había encontrado esa mañana, olvidada entre llaves oxidadas en un cajón. Su brújula de los nueve años, la de la tapa de cuero agrietado y la aguja temblorosa que siempre apuntaba al noroeste de su cuarto, nunca al norte geográfico. "Señala lo importante", le decía su abuelo mientras arreglaban radios viejas. Marcos la guardó por un impulso vago, como quien guarda un guijarro sin forma.   ‎Al salir a la calle, la ciudad era un mecanismo de relojería sucia: autos sincronizados para rugir, peatones midiendo pasos en la acera como metrónomos aburridos. Marcos sintió el peso del aire, espeso de humo y promesas incumplidas. Sacó la brújula por distracción. La aguja, en lugar de...

El visitante de yeso.

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  Me lo regaló Leo el día que abandonó el estudio. "Guárdalo, Bruno", dijo, empujando el cuadro contra mi pecho como si se deshiciera de un cadáver pequeño. "Tiene algo de vos. O vos tenés algo de él. No sé". Su sonrisa era un gesto cansado entre los caballetes vacíos y los frascos de trementina. El cuadro era abstracto, un remolino de grises y blancos sucios sobre un fondo negro, con una textura áspera, casi como yeso agrietado. Extraño. No me gustó. Pero lo colgué en el pasillo, frente a la puerta del baño, porque Leo había sido mi amigo y el gesto pesaba más que el objeto. La primera ausencia fue una nimiedad. Un domingo lluvioso, quise recordar el sabor exacto de las empanadas que hacía mi abuela Marta, aquellas que doblaban la masa en una puntita perfecta. Nada. Solo un vacío cálido donde debería estar el recuerdo del gusto a comino y carne jugosa. Extraño, pensé, atribuyéndolo al desgaste natural del tiempo. Pero luego fue la melodía que tarareaba mi madre mie...

La mancha en la pared.

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  Elías nunca fue un tipo especialmente observador. Vivía su vida en piloto automático, como casi todos, supongo. La casa, un armatoste de ladrillos viejos con un jardín desgarbado, había sido de sus padres, y antes de ellos, de los abuelos. Olía a polvo, a tiempo detenido, y a un secreto que Elías había sepultado con tanto ahínco que a veces casi creía que no existía. Casi. La mancha apareció en el estudio, justo encima del viejo escritorio de roble donde solía pagar las facturas, o a veces, si el insomnio apretaba, simplemente se sentaba a mirar la pared, vacía, aburrida. Al principio, era solo una cosa pequeña, un borrón ocre en el papel tapiz de motivos florales descoloridos. Humedad, pensó Elías. La vieja tubería del baño de arriba, seguro. La ignoró. ¿Para qué preocuparse por un poco de humedad en una casa que se caía a pedazos? Pero la mancha no se detuvo ahí. Pasó de ocre a un verde oscuro, casi negro, y empezó a expandirse. No en círculos, como lo hace el moho normal. No. ...

La nevada de Terecay.

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El calor de Terecay era un bicho vivo. Pegajoso como melcocha de merey, aplastaba las casas de bahareque y hacía crujir las tablas del muelle. Don Cleto, el viejo más viejo del pueblo, escupió al río Arauca: ‎—¡Vasié! Hasta los bagres andan sudando en el fondo. ‎De madrugada, algo crujió en los techos de zinc. Chucho, el borracho crónico, despertó creyendo que eran chicharras con botas: ‎—¡Ah Malaya! ¿Quién ’tá tirando cocos en mi techo? ‎Cuando amaneció, Terecay era un copo de algodón. Blanquito, frío, como si el diablo se hubiera puesto un suéter. La nieve —¡na’guará!— cubría los mamones, los corrales, hasta el sombrero de la estatua de Bolívar en la plaza. ‎Doña Mercedes salió al patio en chancletas y gritó como si viera al mismo Lucifer: ‎—¡Arrechísima vaina! ¡Mi maracuyá amaneció con roncha! ‎Los muchachos, creyéndose en Mérida, hicieron un muñeco de nieve con ojos de tapara y nariz de plátano. Le pusieron "Pablo", como el alcalde. ‎Don Cleto, con la quijada en el suelo,...