La nevada de Terecay.
El calor de Terecay era un bicho vivo. Pegajoso como melcocha de merey, aplastaba las casas de bahareque y hacía crujir las tablas del muelle. Don Cleto, el viejo más viejo del pueblo, escupió al río Arauca:
—¡Vasié! Hasta los bagres andan sudando en el fondo.
De madrugada, algo crujió en los techos de zinc. Chucho, el borracho crónico, despertó creyendo que eran chicharras con botas:
—¡Ah Malaya! ¿Quién ’tá tirando cocos en mi techo?
Cuando amaneció, Terecay era un copo de algodón. Blanquito, frío, como si el diablo se hubiera puesto un suéter. La nieve —¡na’guará!— cubría los mamones, los corrales, hasta el sombrero de la estatua de Bolívar en la plaza.
Doña Mercedes salió al patio en chancletas y gritó como si viera al mismo Lucifer:
—¡Arrechísima vaina! ¡Mi maracuyá amaneció con roncha!
Los muchachos, creyéndose en Mérida, hicieron un muñeco de nieve con ojos de tapara y nariz de plátano. Le pusieron "Pablo", como el alcalde.
Don Cleto, con la quijada en el suelo, se frotaba los ojos como si la mañana le hubiera echado arena. "¡Nieve! ¿Aquí? ¡En Terecay! Si esto no es el fin del mundo, se le parece un montón", masculló, mientras una gallina despistada resbalaba en un montículo de nieve fresca.
La noticia corrió más rápido que un caballo alazán en estampida. El tuerto Jacinto, el que vendía guarapo en la esquina, ya le buscaba la vuelta. "¡Ajá, mi gente! ¡Se acabaron los helados de papelón! ¡Ahora los hacemos de nieve de verdad, verdad! ¡A cien bolos el vasito, pa' refrescar el alma!" Su único ojo le brillaba como pepa de mamón.
Las mujeres de Terecay, con el asombro pegado en la cara, se apresuraron a recoger la nieve en tobos y poncheras, temiendo que el milagro se deshiciera con el primer rayo de sol fuerte. Los hombres, más dados al chismorreo y la teoría, se reunieron bajo el mango centenario de la plaza, ahora blanco y majestuoso.
"Yo les digo a ustedes que esto es por culpa del satélite gringo que pusieron el mes pasado", sentenció el viejo Evaristo, rascándose la cabeza. "Esa vaina apunta al cielo y seguro le jaló la cobija al Polo Norte".
"¡Qué va, Evaristo! ¡No digas pendejadas!", replicó Don Cipriano, el herrero del pueblo, un hombre de pocas palabras pero con el juicio afilado como una cuchilla. "Esto es cosa de la naturaleza, que a veces se encojona. Como cuando el río se desborda en agosto y se lleva hasta los pensamientos".
Pero la nieve siguió cayendo, menuda y constante, cubriendo los techos de palma, las matas de cambur, los cuernos de las reses que pastaban, ahora más confundidas que gallina en corral ajeno. Los niños, al principio temerosos, no tardaron en descubrir la alegría del frío. Hicieron bolitas, las lanzaron, y pronto una guerra de bolas de nieve estalló en la plaza, entre risas que sonaban más claras que el agua de manantial.
Don Cleto, sin embargo, no reía. Su mente, habituada a los ciclos implacables del llano, buscaba una explicación. Se sentó en su silla de cuero, la cara arrugada por la perplejidad. Doña Mercedes se le acercó, trayéndole un café caliente que humeaba en la fría mañana.
"¿Qué piensas, viejo?", le preguntó ella, con un tono más suave de lo habitual.
Cleto tomó un sorbo, su mirada perdida en la blancura que cubría su patio. "Pienso, Mercedes, que esto es como la vida de uno. Uno cree que lo conoce todo, que sabe cómo es. Pero de repente, ¡zas!, amanece nevando donde uno menos se lo espera".
La nieve siguió cayendo durante todo el día, transformando el paisaje llanero en una postal invernal de fantasía. El asombro se mezcló con la preocupación. ¿Cómo iba a sobrevivir el ganado? ¿Y los cultivos? El sol, que siempre había sido su amigo, ahora se sentía como un recuerdo lejano.
Al caer la noche, el frío se hizo insoportable. Los fogones del pueblo humeaban con la poca leña que tenían. La gente se acurrucó bajo cobijas viejas, contando historias y rezando por el regreso del calor. Don Cleto se acostó junto a Doña Mercedes, el cuerpo tiritando a pesar de las mantas.
A la mañana siguiente, el sol regresó, potente y amarillo, el que siempre había sido. Las casas de bahareque comenzaron a sudar. La nieve, que había cubierto cada rincón de Terecay, comenzó a derretirse con una prisa asombrosa, dejando solo el barro pegajoso y el olor a tierra mojada.
Pero la nieve no se había ido del todo. En el tronco del viejo samán, justo en la horqueta más alta, donde anidaban los cristofués, una pequeña acumulación de nieve seguía intacta, brillando bajo el sol como un diamante. Nadie parecía notarla, absortos como estaban en la repentina vuelta a la normalidad.
Don Cleto, sin embargo, la vio. Entrecerró los ojos, tratando de entender por qué esa porción de nieve se había resistido al calor. Se acercó lentamente al árbol, su mirada fija en el blanco inmaculado.
De repente, un movimiento llamó su atención. De la pequeña montaña de nieve comenzó a emerger algo oscuro, retorciéndose lentamente. Parecía una rama, pero se movía con voluntad propia. Don Cleto se acercó con cautela, el corazón latiéndole con una mezcla de asombro y temor.
Lo que emergió finalmente de la nieve no era una rama. Era un paraguas. Un paraguas viejo y desvencijado, de tela negra descolorida y varillas oxidadas. Estaba completamente abierto, como si acabara de proteger a alguien de una nevada.
Don Cleto lo miró fijamente. ¿De dónde había salido ese paraguas? Nadie en el pueblo usaba paraguas. Mucho menos en la sequía. Y mucho menos... saliendo de un resto de nieve que desafiaba al sol llanero.
En ese instante, Doña Mercedes se acercó, intrigada por la quietud de su marido frente al samán. Al ver el paraguas, soltó una exclamación ahogada.
"¡Cleto! ¡Ese... ese es el paraguas de mi difunto tío Efraín!"
Don Cleto la miró, con el entrecejo fruncido. "Pero... ¿cómo llegó ahí? El tío Efraín murió hace más de treinta años, y su paraguas... se lo llevó la crecida del río en el ochenta y nueve."
Ambos se quedaron en silencio, mirando el paraguas que parecía haber brotado de la nieve en la copa del samán. El sol seguía brillando, los gallos cantaban, y la vida en Terecay volvía a su ritmo pausado. Pero en la mente de Don Cleto y Doña Mercedes, la nevada inexplicable ya no era el único misterio. Ahora, un viejo paraguas, reaparecido de la nada en un último vestigio de nieve, les recordaba que en el llano, la línea entre la realidad y el asombro era tan tenue como el soplo del viento en la sabana. Y que a veces, los recuerdos y los objetos perdidos regresan de la manera más inesperada, envueltos en el manto helado de lo imposible.
Aldo Rojas Padilla.

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