La Voz del Cementerio.
El viento del mar se filtraba entre los muros agrietados del cementerio de Manga, trayendo olor a sal y a flores marchitas. Ramón Cárdenas llevaba cuarenta años siendo sepulturero. Había visto de todo: los ricos con tumbas de mármol y los pobres con cruces torcidas de madera, los llantos sinceros y los que duraban lo justo para la foto. Pero lo que más temía no eran los muertos, sino las voces. Cada octubre, decía, las almas se confundían entre los vivos. Por eso, cuando una muchacha llegó esa tarde con una cámara colgada al cuello y curiosidad en los ojos, él supo que algo iba a salir mal. —Buenas tardes, ¿usted es el cuidador? —preguntó ella, con acento argentino. —El mismo. Pero está cerrado. —Solo quiero unas fotos. Para mi blog. “Cementerios con historia”. Prometo no tocar nada. Ramón la miró largo rato. La luz del atardecer se filtraba naranja entre los cipreses, y los gatos callejeros se escondían entre las lápidas. Suspiró. —Si insiste, entre. Pero si e...