El peso del aire
Esa mañana, Rodrigo se despertó sin razón para hacerlo. No era la primera vez. Pero antes había algo — una cita, una deuda, el hambre — que lo obligaba a despegar la espalda del colchón. Ahora no había nada de eso. Solo el techo, con su grieta vieja que nadie había reparado, y la certeza de que el día iba a pesar más de lo que él podía sostener. Se levantó de todos modos. Por inercia, quizás. O por miedo a quedarse quieto demasiado tiempo. Afuera llovía sin convicción, esa lluvia floja que no refresca ni limpia, que solo moja. Rodrigo se paró frente a la ventana con el café en la mano y pensó en su madre. No en su muerte — eso ya lo había pensado hasta gastarlo — sino en sus manos. En cómo le acomodaba el cabello cuando él era niño, sin decir nada, solo pasando los dedos como quien ordena algo que ya estaba bien. Nadie le tocaba el cabello desde entonces. Había gente, claro. Gente que sonreía, que prometía, que ponía la mano en el hombro en los momentos difíciles. Pero esa gente tambié...