El lúcido de la plaza

 


Nadie sabía con certeza cuándo había llegado Prudencio a la plaza de Terecay, ni de dónde. Lo cierto es que llevaba tanto tiempo bajo el samán del centro que el árbol y él parecían haber crecido juntos, como dos formas distintas de la misma raíz. Dormía sobre un cartón doblado con la parsimonia de quien hace de la intemperie una costumbre, y se cubría con un saco de yute que olía a lluvia vieja y a tierra de sabana Los perros del pueblo lo conocían. Las gallinas lo rodeaban sin miedo. Los niños, a veces, le dejaban trozos de mango cerca de la banqueta, más por curiosidad que por caridad.

El pueblo lo llamaba el Loco, pero lo decían sin maldad, con esa familiaridad resignada con que se nombra lo que no se entiende. Lo que sí era innegable es que Prudencio miraba. Miraba con una fijeza que incomodaba. Sus ojos —dos piedras oscuras y quietas, como los pozos de agua que se forman en el llano después de la tormenta— no se perdían en el vacío como los ojos de los locos de las historias. Observaban. Registraban. Seguían el movimiento de las cosas con una atención que parecía, en él, la única forma de cordura que había elegido conservar.

Fue en el mes en que las chicharras cantaban más fuerte cuando llegó a Terecay el Espectáculo. Nadie supo exactamente quién lo trajo. Apareció anunciado en carteles de colores pegados en las paredes de bahareque, sobre los postes de luz y en la fachada de la bodega de don Cástulo: un torneo de voces, un concurso de canto popular que duraría semanas y cuyos episodios serían transmitidos por altoparlante desde la tarima montada frente a la alcaldía. Habría jurados. Habría votaciones. Habría, sobre todo, emoción.

Terecay se sacudió entera. En los corredores de tierra apisonada, en los patios donde se pelaba el maíz, en las colas del agua, la gente hablaba de los participantes con una pasión que hacía tiempo no se veía. Los muchachos apostaban. Los viejos que nunca salían de sus sillas de cuero se asomaban a las puertas para escuchar los resultados.

El caño que abastecía al pueblo seguía igual de turbio. El techo de la escuela seguía igual de roto. El médico del puesto de salud seguía sin aparecer los martes. Pero en Terecay nadie hablaba del caño, ni del techo, ni del médico. Se hablaba de quién iba a ganar el torneo.

Una tarde, cuando el gentío aplaudía frente a la alcaldía, Prudencio se levantó y caminó hasta el borde de la acera. Dijo, con voz serena: «El caño está envenenando a los chabalos. El agua huele desde hace tres semanas».

Nadie volvió la cabeza. Una señora que pasaba lo miró de reojo con una sonrisa indulgente —la misma que se le dedica a quien habla dormido— y siguió su camino.

«El techo de la escuela se cayó en la esquina del fondo», añadió. «Los niños están recibiendo clases bajo el palo de mango».

«El loco está hablando solo otra vez», dijo alguien, sin malicia.

Y Terecay siguió aplaudiendo.

Lo más extraño era que la gente de Terecay no era mala. Eran las mismas personas que dejaban comida en su puerta cuando llovía mucho, que se prestaban plata entre sí sin papeles firmados, que velaban a sus muertos con café y llanto genuino. Eran, simplemente, personas a las que alguien había convencido de que era más cómodo aplaudir que preguntar, más seguro celebrar que exigir, más llevadero el ruido que el silencio necesario para pensar. Y lo habían convencido tan bien, tan suavemente, tan envuelto en colores y en música, que ellos ni siquiera sabían que los habían convencido. Creían, de buena fe, que elegían.

Eso era lo que Prudencio no podía explicarle a nadie: que la jaula más difícil de ver es la que no tiene barrotes.

La noche en que se conoció al ganador, Terecay entera salió a la plaza. Había papel picado, aguardiente, un júbilo honesto y caliente que olía a fritanga y a polvo mojado. A su lado se sentó, sin aviso, el viejo Aparicio. Los dos se quedaron en silencio mirando la multitud.

«Yo pienso que la gente necesita alegrarse de algo», dijo el viejo.

«Sí», dijo Prudencio. «El problema es cuando eso es todo lo que les dan».

Aparicio lo miró de costado. Por un segundo, algo cruzó por sus ojos viejos —un reconocimiento, quizás— antes de que volviera a mirar la fiesta.

«Usted piensa demasiado, Prudencio».

«O pienso lo necesario. Que es lo mismo, dependiendo de desde dónde se mire.»

El papel picado siguió cayendo sobre Terecay como una lluvia de colores que no mojaba nada.

A la mañana siguiente, el cartón de Prudencio estaba en su lugar bajo el samán. La plaza, limpia ya de los restos de la fiesta, volvía a tener ese aire de pueblo que descansa antes de volver a ser lo que es.

Nadie había arreglado el techo de la escuela. El caño seguía igual. El médico no había aparecido.

Prudencio sacó del bolsillo un mango pequeño y verde y comenzó a pelarlo despacio con una navaja vieja. Terecay fue despertando a su alrededor, fiel a sí mismo, sin prisa y sin memoria. Él lo miró despertar. Y no dijo nada, porque ya sabía que sus palabras no iban a ningún lado. Pero siguió mirando. Eso nadie se lo quitaba.

Y a veces, pensó mientras el mango le escurría entre los dedos, mirar con claridad es la única forma que le queda a un hombre de no volverse, de verdad, loco.

Aldo Rojas Padilla.

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