El club de los relojes.
Nadie en el edificio hablaba de otra cosa que no fueran relojes. El vecino del 3°B mostraba orgulloso su Omega que brillaba hasta en la penumbra; la señora del 4°A juraba que su Cartier no sólo daba la hora exacta, sino que además “adelgazaba la muñeca”; y el portero, sin excepción, exhibía un Casio digital con luces verdes que titilaban como si anunciara la llegada de una nave espacial. En las reuniones de condominio ya no se discutía sobre goteras ni ascensores rotos. La conversación giraba siempre hacia las manecillas, los mecanismos, las correas. Algunos habían perfeccionado el gesto de levantar el brazo con estudiada naturalidad, dejando que el reflejo del reloj impactara en el ojo ajeno como un latigazo de superioridad. Yo, con mi reloj barato comprado en la calle Florida, era el hazmerreír. Nadie me hablaba demasiado, salvo para preguntar con malicia: —Digame, vecino… ¿qué hora marca su reliquia? —Las siete y veinte —respondía yo, mirando mi muñeca sin vergüenza. Entonces venía...