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El eco que me habita.

Hay días en que la vida se reduce a una fisura.   No es tristeza, no es dolor: es el peso de lo que no está.   Este poema nació en una madrugada sin luna para darle forma al vacío que a veces habita en mi pecho.   Para convertir en geografía lo que solo era un abismo sin nombre.   Porque hay heridas que no sangran, sino que devoran la luz.   No es un grito. Es el eco de algo que se perdió hace tiempo,   y aún resuena en cada paso que doy bajo el sol.  

El abrazo del miedo.

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‎ La jaula es el cuerpo, ‎la llave es pavor. No es la sombra furtiva, ‎ni el eco en la pared. ‎Es la piel que se ciñe, ‎invisible red. ‎ ‎Un tacto sin manos, ‎un aliento sin voz. ‎El temor que nos toma, ‎y no hay dónde ir. ‎ ‎Se adhiere al respiro, ‎se enreda en la fe. ‎Nos besa los párpados, ‎no nos deja ver. ‎ ‎Y así, prisioneros ‎de un cálido horror, ‎la jaula es el cuerpo, ‎la llave es pavor. Aldo Rojas Padilla.

El eco en el cristal.

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¿Qué buscas ahí, en ese pozo sin fondo donde el brillo reemplaza el ser? Miras tu reflejo, pulido, sin arrugas. La luz danza en la pantalla. ¿Qué buscas ahí, en ese pozo sin fondo donde el brillo reemplaza el ser? Los dedos se deslizan sobre la nada, construyendo castillos de aire, muros de likes y sonrisas prestadas. El aroma a nuevo, a plástico reluciente, te envuelve en un abrazo frío. "¡Mírame!", grita el gesto, la pose perfecta. Pero el eco responde desde el abismo: "¿Qué hay dentro, detrás de la fina capa de piel estirada, de sonrisa programada?" La risa, aguda, estridente, se quiebra en mil fragmentos invisibles. Hablas de éxito, de lo que tienes, de lo que compraste. El nombre de la marca, el precio, el aplauso que esperas. ¿Y el hambre? ¿El verdadero hambre que carcome las entrañas, ese vacío que ni todo el oro del mundo podría llenar? El sol se pone, pintando el cielo de rojo, y tú, ciego a su inmensidad, solo ves la luz perfecta para una selfie. La sed de...

Astilla Nocturna.

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Ahí.   La hendieron las ramas negras.   La colgaron —pedazo de vidrio molido, frío—   en el follaje espeso. Blanca.   Demasiado blanca.   ¿Sangra esa luz?   Se clava en los ojos.   Se filtra —aguja glacial—   hasta el tuétano del aire quieto. Toco la corteza.   Raspa los dedos.   El árbol es hueso viejo bajo la luna.   Y la luna...   hueso frío   clavado en el pecho.   ¡Ah!   Blanca,   tan blanca   que quema   sin herida sangra. Aldo Rojas Padilla.