El ronroneo de la sospecha.
Ayer, la verdad es que ayer por la tarde, me di cuenta. Algo tan simple, tan sutil, que uno puede pasarlo por alto durante años. Y, sin embargo, ahí estaba, escondido en la penumbra de la sala, entre la mesa de centro y el viejo sillón de terciopelo. Es por eso que esta mañana, al despertar, ya tenía mis conclusiones listas. No, no es una cuestión de si se ha movido o no la manecilla de mi reloj. Es una cuestión de tiempo, de cómo el tiempo mismo se ha doblado, se ha contorsionado y se ha escondido en el ronroneo del gato. Mi gato, Balthazar. Balthazar es un gato de esos que uno ve en las postales. Atigrado, con rayas de un suave marrón que se funden con un pelaje ocre, y unos ojos verdes que parecen dos esmeraldas líquidas. Un gato de esos que duermen doce horas seguidas, se estiran como si fueran de goma y, en un momento de furia, se convierten en una bola de pelo y garras. Pero lo que me desconcertó ayer fue su ronroneo. Un ronroneo que no era un ronroneo. Era una especie de z...