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La nevada de Terecay.

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El calor de Terecay era un bicho vivo. Pegajoso como melcocha de merey, aplastaba las casas de bahareque y hacía crujir las tablas del muelle. Don Cleto, el viejo más viejo del pueblo, escupió al río Arauca: ‎—¡Vasié! Hasta los bagres andan sudando en el fondo. ‎De madrugada, algo crujió en los techos de zinc. Chucho, el borracho crónico, despertó creyendo que eran chicharras con botas: ‎—¡Ah Malaya! ¿Quién ’tá tirando cocos en mi techo? ‎Cuando amaneció, Terecay era un copo de algodón. Blanquito, frío, como si el diablo se hubiera puesto un suéter. La nieve —¡na’guará!— cubría los mamones, los corrales, hasta el sombrero de la estatua de Bolívar en la plaza. ‎Doña Mercedes salió al patio en chancletas y gritó como si viera al mismo Lucifer: ‎—¡Arrechísima vaina! ¡Mi maracuyá amaneció con roncha! ‎Los muchachos, creyéndose en Mérida, hicieron un muñeco de nieve con ojos de tapara y nariz de plátano. Le pusieron "Pablo", como el alcalde. ‎Don Cleto, con la quijada en el suelo,...

El polvo colorado de la memoria .

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  El llano en Ospino se extendía, inmenso y hambriento, bajo un cielo blanco de tanto sol. Aquella tierra roja —color de ladrillo molido, de herrumbre vieja— se quebraba en mil bocas sedientas. Era un paisaje de contrastes brutales: la sabana abierta, implacable, y los pequeños desniveles traicioneros que acechaban como caribes al descuido del caminante. Yo, un chavalito de huesos frágiles, corría entre aquellos terraplenes bajos, entre aquellas lomas suaves que el tiempo y la sequía habían tallado a capricho.   El aire olía a polvo caliente, a mastranto lejano, a ganado en potrero. Cada pie levantaba una nubecilla rojiza que se pegaba al sudor. Jugaba, como solo juegan los niños en la inmensidad, ignorante de las zancadillas del terreno. Hasta que la tierra, seca y resbaladiza, me traicionó. Un pie vaciló donde el desnivel se hacía más pronunciado, y de pronto, el mundo giró. Caí de cabeza, con un golpe sordo y seco contra la costra del suelo.   Atolondrado. E...