El polvo colorado de la memoria .

 


El llano en Ospino se extendía, inmenso y hambriento, bajo un cielo blanco de tanto sol. Aquella tierra roja —color de ladrillo molido, de herrumbre vieja— se quebraba en mil bocas sedientas. Era un paisaje de contrastes brutales: la sabana abierta, implacable, y los pequeños desniveles traicioneros que acechaban como caribes al descuido del caminante. Yo, un chavalito de huesos frágiles, corría entre aquellos terraplenes bajos, entre aquellas lomas suaves que el tiempo y la sequía habían tallado a capricho.  

El aire olía a polvo caliente, a mastranto lejano, a ganado en potrero. Cada pie levantaba una nubecilla rojiza que se pegaba al sudor. Jugaba, como solo juegan los niños en la inmensidad, ignorante de las zancadillas del terreno. Hasta que la tierra, seca y resbaladiza, me traicionó. Un pie vaciló donde el desnivel se hacía más pronunciado, y de pronto, el mundo giró. Caí de cabeza, con un golpe sordo y seco contra la costra del suelo.  

Atolondrado. Eso quedé. Tendido boca arriba, viendo cómo el cielo azuleaba de nuevo entre el polvo que yo mismo había levantado. Un zumbido agudo en los oídos, el sabor a tierra y sangre en la boca, y esa sensación de vértigo que te desprende del suelo aunque estés pegado a él. La tierra roja me envolvía, me poseía.  

Entonces, como un relámpago en la llanura, apareció la silueta de mi tío. Lo vi de lejos, recortado contra el sol, detenerse un instante y luego echar a correr. Sus pisadas levantaban torbellinos de polvo colorado. No gritó. Solo corrió. Con esa urgencia silenciosa y poderosa de los hombres del llano cuando ven a los suyos en peligro.  

Sus brazos, firmes como raíces de samán, me alzaron con un solo movimiento. No hubo preguntas, ni aspavientos. Solo la seguridad de su presencia, el olor a cuero y sudor limpio de su camisa, la sombra fresca de su ayuda.  

—¡Ay, muchacho! —murmuró, sacudiéndome con suavidad el polvo del cabello, de los hombros, de la espalda—. ¿Cómo te sientes?

Su voz era ronca, como el viento rozando los matorrales. Me sostuvo firme, comprobando con ojos expertos que no hubiera hueso roto, solo el susto y la magulladura. Y en sus manos, firmes y protectoras, sentí revivir no solo el cuerpo, sino el ánimo. Era como si el mismo terruño, a través de él, me devolviera el aliento.  

A lo lejos, la finca de mi abuelo se recortaba, humilde y testigo, bajo el sol inclemente. El recuerdo de ese día —el terror súbito, el polvo rojo en la lengua, la carrera salvadora de mi tío, la amplitud de sus brazos— se quedó grabado a fuego en mi memoria. Como el color de aquella tierra. Como el olor del llano sediento. Como el gesto recio y tierno de un hombre que no dudó en correr, porque en la inmensidad de la sabana, los lazos de sangre son el único mapa que nunca falla.  

Hoy, años después, cuando cierro los ojos y huelo el polvo colorado, aún siento el abrazo firme de mi tío. Y sé que en cada puñado de tierra seca de esta tierra, hay un poco de aquel día, y de aquella salvación.

Dedicatoria: A mi tío Argenis, cuyos brazos fueron raíces de Ceiba aquella tarde de polvo rojo. Gracias por ser refugio en la inmensidad. Bendición.

Aldo Rojas Padilla.


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