La silla de Doña Encarna
Doña Encarna murió un martes, que es el peor día para morirse en un pueblo porque el martes no tiene ni el peso del lunes ni la resignación del viernes, y la gente no sabe bien qué cara poner.
La dejaron velada en la sala, entre cirios y flores de jardín que alguien cortó apurado, y al día siguiente la enterraron en el cementerio del norte, donde la tierra es más blanda y los muertos, dicen, descansan mejor.
Pero la silla quedó.
Era una silla de mimbre con los brazos gastados en las puntas, de ese desgaste que no hace el tiempo sino las manos, las mismas manos que se apoyan siempre en el mismo lugar durante años y años hasta que la madera cede y toma la forma exacta de una persona. La había sacado Doña Encarna todas las tardes desde que enviudó, que fue hace tanto que los más jóvenes del pueblo no la recordaban de otro modo: sentada en la vereda, con las manos cruzadas sobre la falda, mirando la calle como quien lee un libro que ya sabe de memoria pero igual disfruta.
El jueves, cuando Mirta Pereyra pasó con las bolsas del mercado, vio la silla y cruzó a la otra vereda. No por superstición, se dijo. Sino para no incomodar.
El viernes, el cartero dobló antes de llegar a la casa y dejó la correspondencia en el buzón del vecino, que se la guardó sin decir nada porque tampoco él supo qué hacer.
El sábado, tres chicos que jugaban a la pelota en la calle mandaron el balón cerca de la vereda y el más grande dijo vamos por el otro lado sin explicar por qué, y los otros dos obedecieron sin preguntar, que es la forma en que los chicos entienden las cosas que los adultos no saben nombrar.
La silla, mientras tanto, no hacía nada. Eso era lo extraordinario. No se movía con el viento, que en esa época del año bajaba fuerte desde el norte. No se llenaba de polvo como todo lo demás. No parecía vacía, exactamente. Parecía más bien que estaba esperando, con esa paciencia que tienen los objetos que han sido queridos mucho tiempo y saben que el querer no termina de golpe.
El domingo habló el padre Argüello desde el púlpito de cosas generales sobre el alma y el descanso, y aunque no mencionó la silla, todos entendieron que la mencionaba. Después de misa, en la panadería de los Ruiz, alguien dijo habría que guardarla y nadie respondió y el tema murió como mueren en los pueblos los temas que tocan algo verdadero: sin resolución, hundiéndose despacio bajo el peso de otras palabras.
A la segunda semana, la silla había adquirido una especie de estatuto. Los que pasaban frente a ella bajaban un poco la voz, sin saber por qué. Una señora de afuera, que visitaba a su cuñada, preguntó ¿de quién es esa silla? y su cuñada respondió de Doña Encarna como si eso lo explicara todo, y la señora de afuera entendió que sí, que lo explicaba.
El sobrino de Doña Encarna vino desde Rosario el tercer martes a llevarse las cosas de la casa. Cargó los muebles, los cuadros, la vajilla, las cajas con ropa. Cuando llegó a la puerta y vio la silla en la vereda se quedó un momento quieto, con las llaves en la mano. Después entró al camión, encendió el motor, y se fue.
La silla se quedó.
Octubre trajo las primeras lluvias. El mimbre se oscureció, se apretó, y el vecino de la derecha, don Aparicio, le puso encima una lona vieja sin que nadie se lo pidiera, con ese cuidado silencioso con que los hombres de pueblo hacen las cosas que no saben cómo explicar.
Y ahí siguió, cubierta y quieta, ocupando su lugar en la vereda como ocupa su lugar una fecha en el almanaque: sin pedir permiso, sin dar explicaciones, siendo simplemente parte del orden del mundo, de ese orden que los pueblos construyen despacio y no saben cómo deshacer.
Nadie volvió a proponer que la guardaran.
Hay cosas que un pueblo decide sin votar.
Aldo Rojas Padilla.

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