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La silla de Doña Encarna

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Doña Encarna murió un martes, que es el peor día para morirse en un pueblo porque el martes no tiene ni el peso del lunes ni la resignación del viernes, y la gente no sabe bien qué cara poner. La dejaron velada en la sala, entre cirios y flores de jardín que alguien cortó apurado, y al día siguiente la enterraron en el cementerio del norte, donde la tierra es más blanda y los muertos, dicen, descansan mejor. Pero la silla quedó. Era una silla de mimbre con los brazos gastados en las puntas, de ese desgaste que no hace el tiempo sino las manos, las mismas manos que se apoyan siempre en el mismo lugar durante años y años hasta que la madera cede y toma la forma exacta de una persona. La había sacado Doña Encarna todas las tardes desde que enviudó, que fue hace tanto que los más jóvenes del pueblo no la recordaban de otro modo: sentada en la vereda, con las manos cruzadas sobre la falda, mirando la calle como quien lee un libro que ya sabe de memoria pero igual disfruta. El jueves, cuando...