El año que el Judas se multiplicó

 


‎En Terecay, la quema de Judas era una sola. Siempre había sido una sola. Pero ese domingo de resurrección, cuando el sacristán fue a buscar el muñeco que habían guardado en la sacristía, encontró que eran dos. Y cuando llamó a don Próculo para que lo ayudara a cargarlos, ya eran cuatro.

‎Nadie supo explicarlo. El padre Anselmo dijo que era cosa del calor. Los más viejos dijeron que era cosa del tiempo. El caso es que para cuando los colgaron en el callejón del tamarindo, nadie se atrevió a contarlos.

‎El padre Anselmo tenía la costumbre de llevar al monaguillo a todos los actos del pueblo, argumentando que era bueno para su formación ver cómo vivía la gente. Lo que el padre Anselmo no calculó es que los niños, cuando los llevan a ver cómo vive la gente, efectivamente lo ven.

‎Doña Perpetua fue la primera en acercarse. Llevaba el rosario enroscado en la mano derecha como siempre, como si fuera parte de su anatomía. Miró al Judas del centro y dio un paso atrás. Del muñeco salían lenguas. No llamas — lenguas. Largas, abrasadoras, húmedas, que se enrollaban en el aire con la forma exacta de un chisme bien construido. Nadie más las vio. Doña Perpetua se persignó tres veces y fue a rezar.

‎Yo lo vi todo desde la puerta de la iglesia, con mi sotana corta y mis zapatos que me apretaban. Nadie me preguntó qué veía yo. A los monaguillos no se les pregunta.

‎Don Heliodoro, el del negocio en la esquina, se abrió paso entre la gente con esa costumbre suya de llegar a todos lados como si le debieran algo. Miró al Judas de la izquierda y frunció el ceño. Las manos del muñeco eran enormes, desproporcionadas, con los dedos curvados hacia adentro, apretando, siempre apretando — como quien presta con una mano y cobra con las dos, como quien convierte la necesidad ajena en su propio negocio. Don Heliodoro carraspeó, dijo que estaba muy bien hecho ese año, y se fue antes de que alguien le hablara.

‎Llegó el economista Medardo, que no había producido un análisis desde hacía años pero seguía cobrando el título en cada conversación de bodegón. Se detuvo frente al muñeco del extremo y vio que tenía los ojos vendados y las orejas tapadas y una sonrisa cosida en la tela. Alrededor del muñeco, otros muñecos más pequeños, con los mismos ojos vendados, lo imitaban en fila. El economista Medardo rio y dijo: bien hecho, carajo, y aplaudió, sin saber muy bien qué aplaudía.

‎Yo seguía en la puerta. El padre Anselmo me había dicho que no me alejara. Pero yo veía. Desde ahí yo veía perfectamente.

‎Pasó la señora de la Asamblea Política Ciudadana, la que salía en todas las fotos cargando a los niños de los barrios pero nunca se sabía de qué vivía y jamás se le había escuchado plantear una propuesta seria en beneficio de los habitantes. Miró al Judas del centro y vio una cruz. Una cruz enorme, clavada en la espalda del muñeco, y el muñeco sonriendo mientras señalaba la cruz para que todos la vean. La señora de la Asamblea sacó el teléfono y se tomó una foto junto al Judas. La subió en las redes antes de que lo quemaran.

‎Vino Argimiro, el que siempre decía que Celestino — el más conocido sinvergüenza del pueblo — era vivo, que sabía lo que hacía, cada vez que Celestino hacía una de las suyas. Argimiro miró al muñeco y vio su propio rostro aplaudiendo esa destreza para la trampa, esa convicción de que la picardía es la única forma inteligente de vivir. Se rascó la cabeza, dijo que este año los habían hecho muy raros, y se fue a buscar una silla para ver la quema más cómodo.

‎Pasó también Leocadio, el que saludaba o ignoraba según el corte del pantalón y la marca del reloj. Miró al Judas con ese escrutinio suyo de tasador de mercado y vio un muñeco vestido de gala por fuera, relleno de basura por dentro, con una etiqueta de precio cosida en el cuello. Leocadio ajustó su propia corbata, murmuró que este año los habían hecho con muy mal gusto, y siguió caminando.

‎Cuando llegó Rosalindo — el que llevaba años apareciendo en todas las mesas, el que nunca pedía la carta porque siempre esperaba ver qué pedían los demás antes de decidir qué quería él — se plantó frente al Judas más nuevo. Y vio un muñeco sentado en todas las sillas a la vez, sin quedarse en ninguna, con esa ligereza de quien no tiene convicciones que le pesen el equipaje. Rosalindo carraspeó. Dijo que había que prenderles fuego de una vez, que para qué tanto preámbulo.

‎Entonces el sacristán repartió las antorchas y el callejón olió a pólvora y a justicia provisional. Los Judas ardieron uno por uno entre aplausos y cohetes y algún que otro grito que nunca se entendió bien si era de alegría o de otra cosa.

‎Todos ardieron menos el último.

‎El último — nadie supo decir cuál era el último ni cuándo había aparecido — simplemente no prendió. La antorcha lo tocó y la llama se dobló, como si el trapo estuviera mojado o como si el muñeco tuviera mejores planes. Alguien intentó dos veces. Tres. El muñeco seguía ahí, intacto, con su relleno de periódico y su cara sin facciones, balanceándose levemente en el callejón del tamarindo.

‎El pueblo celebró igual. Ya para ese momento los cohetes tapaban todo y nadie quería que le dañaran la fiesta. Alguien dijo que con los que ardieron era suficiente. Otro dijo que el año que viene se le daría. Doña Perpetua rezó un avemaría adicional por las intenciones de quien correspondiera.

‎Yo me quedé mirando el muñeco que no ardió. El padre Anselmo me llamó para guardar las cosas de la misa pero yo me quedé un momento más. El muñeco me miraba — aunque no tenía ojos — con esa quietud que tienen las cosas que saben que van a seguir estando.

‎Después fui. No le dije nada a nadie porque no tenía palabras para lo que había visto.

‎Entendí entonces que no se puede quemar lo que no tiene cuerpo, y que el Judas de Terecay no necesitaba pólvora, porque ya vivía en nosotros.

‎Pero lo vi.

Aldo Rojas Padilla.

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