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La llave que siempre estuvo

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Encontré la llave debajo del felpudo el martes por la mañana, como siempre. Como siempre, me dije, aunque no recordaba haberla puesto allí la noche anterior. Quizás lo había hecho sin pensar. Esas cosas pasan cuando uno lleva años viviendo en el mismo lugar: el cuerpo aprende rutas que la mente ya no supervisa. La casa olía a café. Eso también me pareció normal hasta que recordé que no había encendido la cafetera. El aroma venía de la cocina con esa densidad particular del café recién colado, no del café de horas. Me serví una taza sin cuestionarlo. Estaba en el punto exacto que me gusta: fuerte, sin azúcar, con ese amargor que te instala en el día. Mi madre llamó a las nueve. —¿Cómo amaneciste? —preguntó, con esa voz suya que mezcla pregunta y diagnóstico. —Bien —dije—. Dormí bien. Hubo una pausa más larga de lo normal. —Qué bueno —dijo. Y antes de que pudiera responder, agregó en voz muy baja, casi para ella misma—: Qué bueno que estés bien. Colgué sin entender por qué me había queda...