La llave que siempre estuvo


Encontré la llave debajo del felpudo el martes por la mañana, como siempre. Como siempre, me dije, aunque no recordaba haberla puesto allí la noche anterior. Quizás lo había hecho sin pensar. Esas cosas pasan cuando uno lleva años viviendo en el mismo lugar: el cuerpo aprende rutas que la mente ya no supervisa.

La casa olía a café. Eso también me pareció normal hasta que recordé que no había encendido la cafetera. El aroma venía de la cocina con esa densidad particular del café recién colado, no del café de horas. Me serví una taza sin cuestionarlo. Estaba en el punto exacto que me gusta: fuerte, sin azúcar, con ese amargor que te instala en el día.

Mi madre llamó a las nueve.

—¿Cómo amaneciste? —preguntó, con esa voz suya que mezcla pregunta y diagnóstico.

—Bien —dije—. Dormí bien.

Hubo una pausa más larga de lo normal.

—Qué bueno —dijo. Y antes de que pudiera responder, agregó en voz muy baja, casi para ella misma—: Qué bueno que estés bien.

Colgué sin entender por qué me había quedado con el teléfono apretado en la mano.

El problema empezó con las fotografías, aunque en ese momento no lo llamé problema.

Estaba ordenando el cajón del escritorio cuando encontré un sobre de papel manila con fotos impresas. Las fui pasando: la casa cuando éramos niños, el patio con el mango que ya no existe, mi madre joven con ese vestido floreado. Entonces llegué a una foto de navidad donde estábamos todos reunidos en la sala. Mi madre, Rodrigo, mi tía Elena, y al fondo, junto a la ventana, un hombre que tardé varios segundos en identificar.

Era yo. O casi yo. La misma estatura, el mismo gesto de cruzar los brazos. Pero la mirada tenía una dirección levemente distinta, como si estuviera viendo algo justo fuera del encuadre.

Le di vuelta. En el reverso, con la letra de mi madre: Navidad 2019. Todos juntos.

Guardé la foto. Seguí ordenando. Pero esa noche, antes de dormir, la saqué otra vez y la estudié bajo la luz del teléfono. El hombre de la foto sonreía. Yo no recuerdo haber sonreído esa navidad. Recuerdo haber estado cansado, haber querido irme temprano.

Revisé mi memoria con cuidado, como quien busca una llave en un cuarto oscuro.

No encontré esa navidad por ningún lado.

Rodrigo vino el jueves. Nos sentamos en la mesa de siempre, la que tiene la mancha quemada en la esquina derecha. La toqué al sentarme, comprobando que seguía. Estaba.

Hablamos de papeles, del seguro, de la gotera del cuarto del fondo. En algún momento él levantó la vista del documento que estaba leyendo y me miró de una manera que no supe clasificar. Luego apartó los ojos rápido, como quien ha visto algo que prefiere no haber visto.

—¿Qué pasa? —le pregunté.

—Nada —dijo.

—Rodrigo.

Él dobló el papel con cuidado excesivo. Sin mirarme, dijo:

—A veces me pregunto si eres tú.

Lo dijo en voz baja, como si no quisiera que la frase ocupara demasiado espacio.

—¿Cómo que si soy yo? —dije, y me salió una risa que no era de humor sino de incomodidad—. ¿Quién más iba a ser?

Él levantó la vista. Me miró largo. Tenía los ojos de mi hermano pero algo adentro de ellos que no reconocí.

—Exacto —dijo—. Quién más.

No volvimos a hablar de eso. Firmé los papeles. Cuando se fue, me quedé sentado en la mesa con la mano sobre la mancha quemada, sintiendo el borde rugoso bajo mis dedos, diciéndome: esto es real, esto es mío, yo tenía ocho años y dejé la olla sin posavasos y mi madre gritó mi nombre desde el patio.

Mi nombre.

Lo repetí en voz alta para escucharlo.

Sonó extraño, como siempre suena el propio nombre cuando uno lo dice demasiadas veces seguidas.

El sábado encontré el teléfono.

No el mío. Otro. Un teléfono viejo, de pantalla rajada, guardado dentro de un calcetín en el cajón de la ropa interior. Lo encendí sin saber bien por qué. Tenía batería —poca, suficiente. No pedía contraseña.

Entré a la galería de fotos.

Eran fotos de esta casa. De esta sala, este pasillo, esta cocina. Fotos tomadas desde adentro, en distintas horas del día, con esa calidad de quien fotografía lo cotidiano sin propósito especial. Mi silla frente a la ventana. La cafetera. El felpudo junto a la puerta.

Seguí pasando.

Había una foto del espejo del baño. Tomada desde el ángulo exacto donde uno se para para peinarse. En el reflejo había un hombre. No pude ver bien la cara porque la pantalla rajada cortaba justo ahí, justo en los ojos. Pero la postura era la mía. La inclinación de los hombros, la manera de sostener el teléfono.

La fecha de la foto era del mes pasado.

El mes pasado yo no tenía ese teléfono. Nunca había visto ese teléfono. Y sin embargo estaba guardado entre mi ropa, en mi cajón, en mi cuarto, con fotos de mi casa tomadas desde adentro.

Lo apagué. Lo volví a meter en el calcetín. Lo volví a meter en el cajón.

Esa noche no dormí. Estuve escuchando la casa respirar, las maderas contrayéndose, el refrigerador zumbando, y debajo de todo eso, casi imperceptible, algo que podría haber sido pasos o podría haber sido el viento o podría haber sido simplemente el sonido que hace una casa cuando sabe que hay alguien que no debería estar.

Mi madre vino el domingo con una cazuela. La dejé moverse en la cocina como siempre. Mientras comíamos le pregunté por la foto de navidad del 2019.

Ella dejó el tenedor sobre el plato. Despacio.

—¿Por qué me preguntas eso? —dijo.

—Porque salgo raro.

Mi madre me miró un momento. Luego miró la ventana. Luego volvió a mirarme, y en ese tránsito su cara hizo algo que no supe leer, algo que pasó muy rápido, como una sombra atravesando un cuarto.

—Tú no saliste en esa foto —dijo.

Me quedé quieto.

—Cómo que no salí. Si estás ahí tú, Rodrigo, la tía Elena, y yo al fondo junto a la...—

—Tú no pudiste haber estado en esa foto —me interrumpió, y su voz tenía una firmeza que no era de discusión sino de otra cosa, de miedo contenido, de alguien que lleva tiempo repitiendo algo para creerlo—. Esa navidad tú estabas en el hospital. Llevabas tres semanas en el hospital. ¿No recuerdas?

No recordaba.

No recordaba ningún hospital. Recordaba esa navidad: el cansancio, las ganas de irme temprano, las luces, el árbol.

—Mamá —dije—. Yo estaba aquí.

Ella no respondió. Tomó el tenedor. Siguió comiendo con una concentración que era claramente una manera de no mirarme.

Cuando terminamos, recogió los platos. Los lavó. Los secó con el mismo trapo de siempre, el de flores azules que tiene desde que yo era niño. Luego se quedó un momento de espaldas a mí, con las manos apoyadas en el borde del lavaplatos, como si necesitara ese apoyo para decir lo que dijo:

—El martes viene el padre Augusto. A las once.

No entendí por qué me lo decía. No era costumbre que el padre Augusto viniera a la casa. Pero algo en su voz, en la manera en que lo dijo de espaldas, sin girarse, me impidió preguntar.

Asentí aunque ella no podía verme.

Quizás sí podía.

Esa noche me senté frente al espejo del baño.

El hombre del espejo me devolvió la mirada. Tenía mi cara, mi mandíbula, las mismas ojeras. Cuando moví la mano, él movió la mano.

Estuvimos así un rato.

Entonces recordé algo: una habitación blanca, un zumbido de máquinas, la mano de mi madre apretando la mía con una fuerza que no era de saludo. Nada más. El recuerdo no tenía continuación, como los sueños que se cortan justo antes de que ocurra lo importante.

Me levanté. Fui a la cocina. Puse la cafetera.

Mientras esperaba, encontré en el cajón una tarjeta del hospital. Tenía mi nombre, una fecha, y debajo, escrito a mano con la letra de mi madre: Todo estará bien. Gracias a Dios.

La devolví al cajón.

Me serví el café. Estaba en el punto exacto que me gusta: fuerte, sin azúcar, con ese amargor que te instala en el día.

Fui a sentarme junto a la ventana.

Afuera, el barrio comenzaba a despertar sin mí.

Aldo Rojas Padilla.

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