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Mostrando entradas de junio, 2026

Esa noche

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  La noche era cristalina, de esas que parecen pulidas a mano. El sonido de las ranitas caraqueñas lo envolvía todo, una respiración constante que no interrumpía nada, que simplemente estaba ahí, como está el aire o la oscuridad tibia de las noches de estudiantes. Estábamos sentados muy cerca, ella y yo, con esa proximidad que ya no necesita explicarse. Le tomé la mano. No la solté en ningún momento, como si soltarla fuera a romper algo que ambos sabíamos frágil y, sin embargo, completamente seguro. La miré largo rato antes de besarle la mirada. No los párpados, no la piel: la mirada misma, ese lugar exacto donde ella se asomaba entera, sin guardarse nada. Hay besos que se dan en la boca y hay besos que se dan en lo que alguien está pensando, en lo que alguien está sintiendo en ese instante preciso. Aquel fue de los segundos. Ella no dijo nada. No hacía falta. Las ranitas coqui seguían cantando, indiferentes a nosotros, y esa indiferencia era extrañamente reconfortante: el mundo se...

Los Administradores del Vacío

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El presidente del Concejo Municipal de Terecay llegó a la sesión ordinaria con una carpeta azul debajo del brazo. Dentro de la carpeta no había nada, pero la sostenía con la gravedad de quien carga un tratado de paz. "Ciudadanos", dijo, y esperó a que el silencio le confirmara su propia importancia. "Ciudadanos, el problema del acueducto tiene solución." Aplausos. Tres personas, pero aplausos. Nadie preguntó cuál era la solución, porque todos sabían que la solución era la misma de siempre: una comisión. Se nombraría una comisión que estudiaría el problema, redactaría un informe, elevaría el informe a quien correspondiera, y esperaría respuesta. La respuesta nunca llegaba, pero eso no importaba porque para entonces ya habría otro problema, otra sesión, otra carpeta azul. El vicepresidente del Concejo tomó la palabra para aclarar que él también tenía una propuesta. Su propuesta era crear, dentro de la comisión, una subcomisión. La subcomisión tendría carácter consulti...

El último compás

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Dicen en el barrio que Ernesto Villamayor bailó por última vez un martes de lluvia fina, cuando el agua no caía sino que simplemente aparecía en el aire, como si el cielo hubiera decidido transpirar. Nadie recuerda bien el año. Los viejos de la Sociedad Italiana tampoco se ponen de acuerdo, y a estas alturas ya no importa: lo que importa es que bailó, y que después de esa noche no volvió a hacerlo. Había llegado al salón de la calle Brandsen con el saco oscuro que usaba para todas las ocasiones solemnes —velorios, casamientos, la noche que nació su hijo muerto— y se sentó en la silla del rincón, la misma de siempre, la que nadie ocupaba cuando él estaba presente porque todos sabían, sin que nadie lo hubiera dicho nunca, que esa silla era suya como lo era el silencio antes de que comenzara la música. Esperó. El bandoneón abrió el aire con esa queja que no es exactamente dolor ni exactamente alegría, sino algo que los hombres de arrabal aprendieron a reconocer antes de tener palabras par...