El último compás


Dicen en el barrio que Ernesto Villamayor bailó por última vez un martes de lluvia fina, cuando el agua no caía sino que simplemente aparecía en el aire, como si el cielo hubiera decidido transpirar. Nadie recuerda bien el año. Los viejos de la Sociedad Italiana tampoco se ponen de acuerdo, y a estas alturas ya no importa: lo que importa es que bailó, y que después de esa noche no volvió a hacerlo.

Había llegado al salón de la calle Brandsen con el saco oscuro que usaba para todas las ocasiones solemnes —velorios, casamientos, la noche que nació su hijo muerto— y se sentó en la silla del rincón, la misma de siempre, la que nadie ocupaba cuando él estaba presente porque todos sabían, sin que nadie lo hubiera dicho nunca, que esa silla era suya como lo era el silencio antes de que comenzara la música.

Esperó.

El bandoneón abrió el aire con esa queja que no es exactamente dolor ni exactamente alegría, sino algo que los hombres de arrabal aprendieron a reconocer antes de tener palabras para nombrarlo. Ernesto cerró los ojos. Los que lo observaban desde la barra dieron fe de que sus labios se movieron levemente, como si recitara algo, aunque ninguno alcanzó a escuchar qué.

Entonces entró Elena.

No era la Elena de antes —la de los veinte años, la del vestido bordado, la que giraba como si el piso fuera agua y ella supiera caminar sobre el agua— sino una mujer de cincuenta y tantos con el pelo recogido y los ojos del color exacto del tiempo cuando pasa sin que uno lo note. Llevaba veinte años sin pisar ese salón. Veinte años en los que Ernesto había continuado viniendo todos los martes, bailando con otras, cortejando el ritmo con la precisión mecánica de quien cumple una obligación religiosa cuyo dios ya no cree que exista.

Se miraron desde los extremos del salón.

El bandoneón respiró.

No hubo palabras, que en el tango las palabras sobran cuando los cuerpos ya saben lo que tienen que decirse. Ernesto cruzó el salón con esa parsimonia que los viejos maestros llaman caminata y que es en realidad una declaración, una forma de anunciar sin anunciar nada. Le tendió la mano. Elena la tomó con la naturalidad de quien recoge algo que había dejado caer hace mucho tiempo, sabiendo siempre dónde estaba.

Bailaron.

Ernesto supo desde el primer paso. No fue un pensamiento sino una certeza física, de las que llegan por la palma de la mano antes que por la cabeza: Elena bailaba distinto. No con torpeza ni con olvido, que el cuerpo no olvida lo que aprendió amando, sino con esa concentración excesiva de quien sabe que hace algo por última vez y no quiere desperdiciar ni un centímetro del gesto. Al inicio él marcó una pausa larga, de las que ella siempre había resistido con impaciencia, con ese leve tirón hacia adelante que era su modo de decirle apúrate, que la vida no espera. Esta vez no tiró. Esperó. Dejó que él condujera sin oponerle nada, con una docilidad que no era sumisión sino otra cosa, algo parecido a la gratitud de quien ha peleado mucho tiempo y decide, al fin, soltar las armas.

Cuando él la llevó hacia el costado y su cabeza cayó sobre el hombro de Ernesto con ese peso exacto de siempre, sintió que ella cerraba los ojos con demasiada firmeza, como quien quiere guardar una oscuridad adentro para llevársela. Luego, en un momento que la música no pedía, Elena dibujó con el pie un gesto pequeño e innecesario, de la clase que se permite quien ya no tiene nada que demostrar sino algo que dejar dicho. Ernesto reconoció ese gesto. Era el mismo de veinte años atrás, en los primeros tiempos, cuando ella todavía no sabía que él la miraba y bailaba solo para sí misma, para ese diálogo interior que el tango permite y que es quizás su única honestidad.

Entonces comprendió.

No dijo nada. En el tango no se dice nada que el abrazo no haya dicho ya, y el abrazo lo había dicho todo. La apretó levemente, apenas un aumento de presión en la espalda, que era su modo de decirle entendí, y ella respondió con otro gesto pequeño, casi imperceptible, que era su modo de decirle lo .

Así se hablaron. Así se dijeron lo que no tenía palabras ni las necesitaba.

La pieza terminó.

Ernesto la acompañó hasta la puerta con la misma parsimonia con que había cruzado el salón. Afuera, la lluvia fina seguía suspendida en el aire. Elena abrió el paraguas, lo miró una vez más —solo una— y dobló la esquina sin volverse.

Ernesto regresó adentro, se sentó en su silla, pidió un vaso de vino que no tocó, y permaneció así hasta que apagaron las luces.

El martes siguiente no vino. Ni el otro. La silla del rincón quedó vacía durante meses, y nadie se atrevió a ocuparla, no por respeto exactamente, sino por esa superstición silenciosa que tienen los lugares donde alguien ha dejado de esperar.

Con el tiempo, un muchacho nuevo se sentó ahí sin saber nada. Nadie le dijo nada tampoco. Así es el tango: no explica, no justifica, no consuela. Solo pregunta, una y otra vez, con esa música que parece lamento y es en realidad una pregunta sin respuesta, si acaso valió la pena quedarse.

Aldo Rojas Padilla 

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