El peso del aire



Esa mañana, Rodrigo se despertó sin razón para hacerlo.

No era la primera vez. Pero antes había algo — una cita, una deuda, el hambre — que lo obligaba a despegar la espalda del colchón. Ahora no había nada de eso. Solo el techo, con su grieta vieja que nadie había reparado, y la certeza de que el día iba a pesar más de lo que él podía sostener.

Se levantó de todos modos. Por inercia, quizás. O por miedo a quedarse quieto demasiado tiempo.

Afuera llovía sin convicción, esa lluvia floja que no refresca ni limpia, que solo moja. Rodrigo se paró frente a la ventana con el café en la mano y pensó en su madre. No en su muerte — eso ya lo había pensado hasta gastarlo — sino en sus manos. En cómo le acomodaba el cabello cuando él era niño, sin decir nada, solo pasando los dedos como quien ordena algo que ya estaba bien.

Nadie le tocaba el cabello desde entonces.

Había gente, claro. Gente que sonreía, que prometía, que ponía la mano en el hombro en los momentos difíciles. Pero esa gente también se iba, o peor: se quedaba y se volvía otra cosa. Rodrigo había aprendido tarde que hay traiciones que no hacen ruido. Que algunas personas simplemente amanecen un día siendo distintas, y tú eres el último en enterarte porque eras el que más confiaba.

Dejó el café a medias.

Tenía cuarenta y cuatro años y la sensación de que la vida le había pasado por el lado, como el autobús que uno ve alejarse desde la acera, todavía con la mano levantada. No era amargura exactamente. Era algo más quieto y más hondo. Un vacío que no dolía como herida sino como ausencia — como el espacio que deja un mueble cuando lo quitan y queda la marca en el piso.

Pensó en lo que había querido ser. No lo recordaba con claridad, que era quizás lo más triste de todo.

Salió a la calle sin paraguas. La lluvia floja lo fue mojando despacio, sin apuro, como todo lo malo que le había pasado en la vida.

Y siguió caminando, porque no sabía qué otra cosa hacer, y porque detenerse le daba más miedo que el camino.

Aldo Rojas Padilla 

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